Al cerebro le gusta que el mundo tenga sentido. Cuando detecta una acción, espera una consecuencia lógica basada en la experiencia previa, incluso si esa información llega a través de sentidos distintos.
Por ejemplo, si vemos a alguien golpear un gong, anticipamos un sonido potente. Si abrimos por fin un envoltorio de queso, esperamos que aparezca su olor característico.
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Este mecanismo permite al cerebro adelantarse a lo que va a ocurrir y reducir la incertidumbre. Incluso cuando hay un desfase temporal —como entre el relámpago y el trueno— esa secuencia resulta tranquilizadora, porque encaja con nuestras expectativas.
Qué es la integración sensorial y por qué es clave para sobrevivir
Este proceso se conoce como integración sensorial. Gracias a él, el cerebro combina información visual, auditiva, táctil y corporal para interpretar la realidad de forma eficiente.
Sin embargo, no integra todo indiscriminadamente. A lo largo de la evolución, el sistema nervioso aprendió a decidir qué señales deben unirse y cuáles deben mantenerse separadas.
En un entorno primitivo, integrar todos los estímulos —el sonido del agua, el canto de los pájaros o el roce de la hierba— habría sido peligroso. Detectar a tiempo el crujido de una rama o un olor extraño podía marcar la diferencia entre sobrevivir o convertirse en presa.
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Por eso el cerebro prioriza los estímulos que ocurren dentro de una ventana temporal de unión: si varias señales coinciden en el tiempo, es más probable que provengan del mismo objeto o amenaza.
Cuando los estímulos vienen del propio cuerpo
El desafío se vuelve mayor cuando las señales no proceden del exterior, sino del propio cuerpo. Para distinguir qué forma parte de nosotros y qué no, el cerebro integra información visual, táctil y propioceptiva, es decir, la percepción interna de la posición y el movimiento corporal.
Durante años se sospechó que este proceso estaba relacionado con ciertos ritmos cerebrales, pero no se había demostrado con claridad. Para investigarlo, un equipo del Instituto Karolinska recurrió a un experimento tan sencillo como revelador.
El truco de la mano falsa y la ilusión del cuerpo
Los investigadores estudiaron a 106 personas utilizando el conocido truco de la mano falsa. En este experimento, se oculta una de las manos reales del participante y se coloca una mano de maniquí a la vista. Al estimular simultáneamente la mano real y la falsa, muchas personas comienzan a sentir que la mano artificial les pertenece.
Cuando el investigador golpea la mano falsa, el cerebro reacciona como si el cuerpo estuviera en peligro: algunas personas intentan retirar la mano o incluso experimentan dolor.
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El papel clave de las ondas alfa
Mientras se realizaba el experimento, los participantes llevaban sensores para medir su actividad cerebral. Las ondas cerebrales se clasifican en distintos tipos según su frecuencia, y una de ellas, las ondas alfa, resultó ser determinante.
El estudio mostró que las personas con ondas alfa más rápidas eran menos susceptibles al engaño. Para que la ilusión funcionara, la estimulación debía ser extremadamente precisa.
En cambio, quienes tenían ondas alfa más lentas caían con mayor facilidad en la ilusión corporal.
Modificar el ritmo cerebral cambia la percepción del cuerpo
Para reforzar sus conclusiones, los investigadores realizaron un segundo experimento utilizando estimulación transcraneal no invasiva.
Mediante electrodos colocados en el cuero cabelludo, lograron aumentar la frecuencia de las ondas alfa en personas más susceptibles al engaño.
El resultado fue inmediato: al modificar su ritmo cerebral, estas personas se volvieron mucho más resistentes a la ilusión de la mano falsa.
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Un ritmo cerebral que define los límites del ‘yo’
Los hallazgos confirman que las ondas alfa del cerebro desempeñan un papel fundamental en la forma en que construimos la percepción de nuestro propio cuerpo.
Este ritmo neuronal ayuda a definir dónde termina el ‘yo’ y dónde empieza el mundo exterior.
Más allá de la curiosidad científica, este descubrimiento aporta claves importantes para comprender trastornos neurológicos, alteraciones de la conciencia corporal y futuras aplicaciones en neurorehabilitación.