El fuego ya no avanza como antes. En distintas regiones de Argentina —y ahora también de Chile— los incendios forestales se desplazan con una velocidad inédita, atraviesan bosques que durante siglos resistieron condiciones extremas y obligan a desplegar operativos de emergencia cada vez más complejos.
Lejos de ser episodios aislados, estos eventos confirman una tendencia alarmante: el clima extremo está redefiniendo el comportamiento del fuego en Sudamérica.
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En la Patagonia argentina, brigadistas como Hernán Mondino describen escenas que hace apenas una década parecían imposibles. “El fuego se mueve como si volara”, relata tras enfrentar focos activos en el Parque Nacional Los Alerces.
Las llamas recorrieron kilómetros en pocas horas, impulsadas por sequías prolongadas, altas temperaturas y vientos persistentes que ya no dan tregua ni siquiera durante la noche.
Foto: Maxi Jonas (AP)
El mapa del fuego: zonas en alerta roja y vigilancia permanente
De acuerdo con los mapas oficiales del Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF), Argentina atraviesa una temporada de riesgo extremo de incendios forestales. Las áreas más comprometidas se concentran en el centro y norte del país, aunque la Patagonia occidental continúa bajo vigilancia constante.
Las provincias con alerta roja incluyen Buenos Aires, La Pampa, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y San Luis, donde la combinación de calor intenso, sequía y vientos eleva al máximo la probabilidad de propagación del fuego. La alerta se extiende hacia el noroeste, abarcando zonas de Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Catamarca.
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En el noreste argentino, Corrientes y Misiones también presentan peligro extremo. Allí, la vegetación densa y altamente inflamable facilita que un foco pequeño se transforme rápidamente en un incendio de gran magnitud.
Un análisis comparativo de los mapas del 14 y 15 de enero revela, además, una expansión del riesgo hacia la Patagonia norte, particularmente en el noroeste de Chubut y el suroeste de Río Negro. En estas regiones, la sequedad del bosque nativo y la acumulación de material combustible mantienen en alerta a las autoridades.
Mapa de peligro de incendios. Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF)
Incendios activos: miles de hectáreas bajo presión
El monitoreo diario del Sistema Federal de Manejo del Fuego confirma focos activos, contenidos y extinguidos en distintas provincias. En Chubut, el incendio conocido como Primera Cantera Puerto Patriada llegó a afectar cerca de 12 mil hectáreas de bosque nativo, matorrales e infraestructura.
Más de 660 personas participaron en el operativo, con apoyo de medios aéreos, brigadas nacionales y provinciales, bomberos voluntarios y fuerzas de seguridad.
Aunque las autoridades locales informaron que el foco está contenido en un 85 %, el riesgo no ha desaparecido.
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En el Parque Nacional Los Alerces persisten sectores con comportamiento extremo, lo que obliga a mantener tareas de enfriamiento, patrullaje y vigilancia constante para evitar reactivaciones.
Situaciones similares se registran en La Pampa, Neuquén, Río Negro y Santa Cruz, donde los incendios han sido contenidos, pero no sin un enorme despliegue de recursos humanos y materiales.
Incendios más rápidos y más intensos: el rol del cambio climático
Para los especialistas, la explicación va más allá de la chispa inicial. Thomas Kitzberger, investigador del Conicet y experto en ecología de bosques andino-patagónicos, señala que el cambio climático está modificando el régimen del fuego en la región.
“Tenemos inviernos con menos nieve, sequías más largas, temperaturas más altas y una mayor frecuencia de tormentas eléctricas. Todo eso genera condiciones ideales para incendios grandes y difíciles de controlar”, explica.
Modelos climáticos basados en proyecciones del IPCC advierten que, si la temperatura global promedio aumenta 2 °C hacia finales de siglo, la probabilidad de incendios forestales en la Patagonia podría multiplicarse por cuatro. Además, el fuego ya no se apaga de noche: las temperaturas nocturnas más altas y los vientos persistentes permiten que siga activo durante horas críticas.
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Lo que se pierde cuando arde el bosque
El daño no se limita a los paisajes ennegrecidos. Los incendios arrasan con ecosistemas complejos que tardaron siglos en formarse. Entre las especies más amenazadas están los alerces milenarios, árboles que pueden vivir más de mil años y que cumplen un rol ecológico irremplazable.
“Perder alerces es perder historia viva”, advierte el biólogo Javier Grosfeld, exdirector regional de Conservación de Parques Nacionales. Aunque estos árboles pueden resistir incendios de baja intensidad gracias a su corteza gruesa, la frecuencia creciente del fuego rompe sus ciclos de regeneración.
La lenga, por su parte, es considerada la gran perdedora del nuevo escenario climático. Adaptada a ambientes fríos y húmedos, su corteza delgada la vuelve extremadamente vulnerable. En muchas zonas del norte patagónico, los bosques de lenga incendiados desde el año 2000 no han logrado regenerarse.
Del bosque al matorral: un cambio silencioso y peligroso
Más allá de la pérdida inmediata, los especialistas alertan sobre una transformación profunda del paisaje. Los grandes bosques están siendo reemplazados por matorrales más inflamables, que facilitan incendios recurrentes y cada vez más intensos.
Este cambio afecta también al suelo y al agua. La pérdida de cobertura vegetal reduce la capacidad del territorio para absorber lluvias, aumenta la erosión y eleva el riesgo de inundaciones y aludes en los años posteriores al incendio.
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Chile también arde: una crisis regional
La emergencia no se limita a Argentina. En Chile, los incendios forestales obligaron al gobierno a declarar Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe en las regiones de Ñuble y Biobío. Al menos 15 personas murieron y más de 50 mil fueron evacuadas, mientras brigadas, bomberos y fuerzas armadas intentan contener focos activos alimentados por altas temperaturas y fuertes vientos.
El despliegue incluye aeronaves, brigadas especializadas, alertas masivas de evacuación y coordinación entre distintos organismos del Estado. El escenario confirma que el fuego extremo se ha convertido en un problema regional, impulsado por condiciones climáticas cada vez más hostiles.
Combatir o prevenir: una decisión clave
Aunque el combate del fuego es indispensable, expertos coinciden en que la verdadera solución pasa por la prevención. La gestión de la biomasa vegetal, la planificación territorial, la educación comunitaria y la inversión sostenida pueden reducir drásticamente el riesgo.
Invertir en prevención no genera resultados inmediatos, pero ahorra costos humanos, ambientales y económicos a largo plazo. El desafío, advierten los especialistas, es asumir que el fuego ya no es un evento excepcional, sino una advertencia clara del futuro que se está configurando.
Como resume un brigadista tras una jornada extenuante: “No se trata solo de proteger la naturaleza, sino de cuidarnos entre nosotros. El bosque es la casa de todos”.
Con información de El País, Infobae, The Wired y France24