Sentir que el dinero, el tiempo o los recursos no alcanzan no solo pesa en el ánimo. La ciencia muestra que esa percepción constante de escasez también modifica la forma en que funciona el cerebro, influyendo en la toma de decisiones, la capacidad de adaptación y hasta en los hábitos de salud.
No se trata únicamente de una realidad económica objetiva. Incluso cuando la escasez es solo una sensación, el impacto mental puede ser profundo.
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Qué le ocurre al cerebro cuando percibe escasez
Investigaciones recientes revelan que la percepción de escasez reduce la flexibilidad cognitiva, es decir, la habilidad para cambiar de estrategia, adaptarse a nuevas reglas o encontrar soluciones alternativas a un problema.
En un experimento con estudiantes universitarios, los participantes fueron expuestos a situaciones diseñadas para generar sensación de escasez. Luego debían realizar tareas que exigían cambiar rápidamente de reglas mentales. Quienes se sentían en escasez tardaron más en adaptarse y cometieron más errores.
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Cambios visibles en la actividad cerebral
Los efectos no fueron solo conductuales. Registros de actividad cerebral mostraron modificaciones en regiones asociadas al control ejecutivo. En particular, se detectaron cambios en una señal eléctrica llamada onda P3, relacionada con el esfuerzo mental necesario para cambiar de tarea.
Estos resultados indican que, bajo escasez, el cerebro necesita más energía para realizar ajustes cognitivos simples, lo que genera mayor agotamiento mental y menor eficiencia.
Escasez y hábitos de salud: una relación silenciosa
La percepción de escasez no solo afecta el pensamiento, también influye en las decisiones cotidianas relacionadas con la salud. En un estudio con más de 2,300 adultos europeos, los investigadores analizaron la relación entre ingresos, sensación de escasez y hábitos saludables.
De acuerdo con resultados publicados en National Library of Medicine, la escasez financiera explicó parte de la asociación entre ingresos bajos y mayor índice de masa corporal (IMC), así como menor consumo de frutas.
Los resultados mostraron que quienes se sentían financieramente limitados —independientemente de su ingreso real— tendían a consumir menos frutas, presentar mayor índice de masa corporal y mostrar menor constancia para mejorar su alimentación o actividad física.
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No es solo cuestión de ingresos
Un hallazgo clave es que la sensación de escasez no se limita a personas con bajos recursos. También aparece en individuos con ingresos medios o altos, y produce efectos similares en el bienestar mental y la conducta.
La preocupación constante por “no tener suficiente” consume recursos mentales, reduce la capacidad de planificación y dificulta sostener hábitos saludables a largo plazo.
Por qué la escasez agota la mente
Según la llamada teoría de la escasez, cuando el cerebro percibe falta de recursos, concentra su atención en resolver problemas inmediatos. Esta focalización extrema deja menos espacio mental para pensar a largo plazo, controlar impulsos o evaluar consecuencias.
El resultado es un círculo difícil de romper: mayor preocupación, menor flexibilidad mental y decisiones menos favorables para la salud y el bienestar.
Qué implican estos hallazgos
Los estudios sugieren que mejorar las condiciones económicas es importante, pero no suficiente. Si la percepción de escasez persiste, el impacto sobre la mente y la conducta también lo hará.
Por eso, las estrategias de salud pública y bienestar deberían considerar no solo los recursos objetivos, sino también cómo las personas perciben su situación y cómo esa percepción afecta su capacidad de decidir y cuidarse.
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Un desafío para el bienestar cotidiano
La escasez percibida afecta la mente, el cuerpo y las decisiones diarias. Comprender este fenómeno ayuda a explicar por qué, en momentos de presión constante, resulta más difícil cambiar hábitos, planificar o pensar con claridad.
Atender tanto la realidad económica como la carga mental asociada a la escasez puede ser clave para promover una vida más saludable y equilibrada.


