Cada enero reaparece la misma idea: existe un día concreto —el llamado Blue Monday— que sería el más triste del año y se ubica el tercer lunes de enero. El concepto suena convincente, se repite en medios y redes sociales, y parece explicar ese bajón que muchas personas sienten tras las fiestas. Sin embargo, la ciencia es clara: el Blue Monday no existe.
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La idea surgió en 2005, cuando un psicólogo británico presentó una supuesta ecuación capaz de calcular el día más triste del año. Poco después se supo que no era un hallazgo científico, sino una campaña publicitaria diseñada para promover viajes en temporada baja. Desde entonces, la comunidad científica ha desacreditado por completo esa fórmula.
Pero que el Blue Monday sea un mito no significa que la tristeza no sea real, ni que enero pase desapercibido para la salud mental.
La tristeza no es un evento del calendario
La tristeza no aparece porque lo marque una fecha. Es una emoción humana compleja, influida por factores personales, sociales y biológicos. En invierno, algunos de estos factores se intensifican: menos horas de luz, regreso a la rutina, presión económica tras las fiestas y expectativas poco realistas para el nuevo año.
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El problema es que el discurso del Blue Monday simplifica y distorsiona esta experiencia. Presenta la tristeza como algo que debe evitarse, combatirse o “arreglarse” rápidamente, a menudo mediante el consumo de productos o experiencias que prometen felicidad inmediata.
Este mensaje no es inocente, especialmente cuando llega a los hogares y a los niños.
Cuando la tristeza se convierte en un problema educativo
Transmitir que las emociones “negativas” deben eliminarse puede debilitar el desarrollo emocional infantil. Si los niños aprenden que sentirse tristes es algo incorrecto o que debe taparse con distracciones, compras o euforia artificial, pierden una oportunidad clave para entender lo que sienten.
La tristeza forma parte natural del crecimiento. Ignorarla o negarla no la hace desaparecer; al contrario, dificulta que los niños desarrollen herramientas para gestionarla de forma saludable.
La tristeza cumple una función clave en la infancia
Desde los primeros años de vida, la tristeza cumple funciones esenciales. Expresarla permite a los niños recibir apoyo, consuelo y protección de los adultos. También les ayuda a reajustar expectativas cuando algo no sale como esperaban, a aprender de los errores y a desarrollar tolerancia a la frustración.
Además, la tristeza impulsa procesos de introspección: favorece la reflexión, el autoconocimiento y la construcción de valores. Estudios recientes muestran que experimentar tristeza está relacionado con una mayor empatía y sensibilidad hacia los demás.
Lejos de ser un obstáculo, esta emoción contribuye al crecimiento moral y emocional.
El papel de los adultos: acompañar, no corregir
La manera en que padres, madres y cuidadores responden a la tristeza influye directamente en cómo los niños aprenden a manejarla. Un entorno afectivo, que valida las emociones sin dramatizarlas ni minimizarlas, favorece la resiliencia emocional.
En cambio, respuestas frías, críticas o apresuradas pueden hacer que los niños repriman lo que sienten o interpreten la tristeza como un fallo personal.
El acompañamiento —escuchar, poner palabras, ofrecer seguridad— ayuda a que los niños desarrollen recursos internos para afrontar emociones difíciles ahora y en el futuro.
Enero sí puede afectar el ánimo (y no es sugestión)
Aunque el Blue Monday sea un invento, enero reúne factores reales que pueden influir en el estado de ánimo. El estrés económico tras las fiestas, el fin de las vacaciones, la presión por cumplir propósitos y, en algunos países, la reducción de luz solar, pueden generar cansancio emocional.
En el hemisferio norte, incluso existe el trastorno afectivo estacional, vinculado a cambios hormonales provocados por la menor exposición a la luz. No es simple tristeza: implica síntomas persistentes que requieren atención profesional.
La clave está en diferenciar un bajón normal de un problema de salud mental. Cuando la tristeza es constante, interfiere con el sueño, el apetito, la concentración o la memoria, es momento de buscar ayuda.
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Una mirada crítica a la “felicidad obligatoria”
Convertir una fecha en una profecía emocional puede ser contraproducente. La sugestión colectiva influye más de lo que creemos: si se repite que un día es triste, algunas personas acabarán sintiéndose así.
Frente a este discurso, conviene recordar que la tristeza no es un error ni un enemigo, sino una señal que merece ser escuchada. Acompañar a los niños —y a nosotros mismos— en el reconocimiento de esta emoción es una forma de fortalecer la salud mental y la resiliencia.
El Blue Monday no existe. La tristeza, sí. Y entenderla es una herramienta poderosa para crecer con mayor equilibrio emocional.
Con información de The Conversation