No hace mucho, cuando los parientes que vivían en otras ciudades venían a visitarme a casa los fines de semana, mi momento favorito era cuando los niños se iban a dormir. Nos servíamos una copa de vino y platicábamos hasta bien entrada la noche, riéndonos con los viejos recuerdos y compartiendo las nuevas historias.
Hoy en día, la dinámica es completamente distinta. El primer adulto que vuelve tras acostar a los niños no va a buscar las copas de vino; se acomoda en el sofá y toma su teléfono celular. “Mientras espero a los demás”, se dice. Uno a uno llega el resto, pero en el lugar que antes servía para agasajarnos contando anécdotas divertidas, ahora hay silencio en vez de risas: todo el mundo está revisando sus correos electrónicos, sus mensajes y cuentas de Facebook.
Puede que eventualmente nos sirvamos algo de vino y hablemos; no obstante, todos tienen el celular a la mano durante la noche y la conversación se interrumpe constantemente por alertas de otras personas que tienen algo (¿mejor?) que decir. Cuando esto ocurre, recuerdo con melancolía aquellos días en los que mis familiares y yo centrábamos toda la atención los unos en los otros y nos conectábamos de verdad.
Mi experiencia no es única. La mitad de la población del planeta tiene un teléfono inteligente. En Europa hay más celulares que personas, así que están por todas partes.
Su uso se halla tan extendido que las personas como yo, que valoramos una conversación de calidad, nos hemos resignado al hecho de que, a veces, nuestros acompañantes prefieran usar sus dispositivos a relacionarse con nosotros.
Hoy, el estilo de vida basado en la gratificación inmediata y la concentración durante periodos cortos ha llevado a la gente a buscar siempre información nueva, así que, para muchas personas, los encuentros cara a cara para sumirse en una conversación no son tan atractivos como los teléfonos con noticias y actualizaciones. Y las relaciones personales lo resienten.
“Los celulares se han convertido en un objeto transicional: cada vez que hay un momento de posible aburrimiento, la gente recurre a ellos”, afirma Daria Kuss, profesora de psicología de la Nottingham Trent University, quien estudia el uso de tales dispositivos. “Desde la aparición de los primeros teléfonos inteligentes, hace 15 años, el comportamiento se ha ido generalizando. Cualquier persona tiene uno”.
Como los celulares pueden generar un flujo interminable de cosas interesantes que ver, con frecuencia compiten con los compañeros de carne y hueso.
“Los teléfonos se comunican por sí mismos”, afirma Oliver Bilke-Hentsch, psiquiatra de Zúrich que estudia la adicción a Internet. “No necesitas que nadie te llame. El propio aparato te muestra información nueva. Tienes que controlarte para evitar mirarlo”.
Nicole Gommers, de La Haya, tiene 38 años y está harta de competir con el teléfono por la atención de su pareja.
“Es difícil mantener una conversación con él porque siempre lo distrae el dispositivo”, afirma Gommers. “Cuando le pregunto algo, responde, pero se nota que su mente está en otra parte. Siempre hay alguien que envía un mensaje y eso significa el fin de la charla porque requiere una respuesta. Durante un tiempo, fue adicto a Wordfeud, un juego de palabras en línea en el que enfrentas a otras personas anónimas. En cuanto empezaba a jugar, ya no podías hablarle porque no se podía concentrar”.
“Estamos hechos para reaccionar cara a cara; nuestros ancestros no tenían celulares”.
Como los jóvenes han crecido con la tecnología, es más probable que estos utilicen el celular en reuniones sociales y son mucho más propensos a sentarse en silencio con un grupo de compañeros, cada uno de ellos abstraído con su dispositivo. Esto ha generado un gran impacto en las habilidades comunicativas de esa generación.
“Para los jóvenes es muy difícil desarrollar la capacidad de hablar con otra persona y prestarle atención sin que el teléfono interrumpa”, afirma Kuss. “Pueden tener problemas a la hora de mantener conversaciones en la vida real, como lo hacíamos las viejas generaciones a fin de conectar con los demás y entablar charlas profundas y trascendentes”.
Los celulares son tan influyentes que pueden tener poder sobre una conversación, incluso si no se usan. Los investigadores han descubierto que cuando dichos aparatos están sobre la mesa, aunque su propietario no los esté utilizando de forma activa, la profundidad de la conversación a la hora de comer se desploma.
“Nuestro estudio reveló que cuando el dispositivo estaba a la vista de uno o varios de los comensales, los participantes entablaban una charla de peor calidad y con menor respuesta empática”, afirma Shalini Misra, profesora de asuntos urbanos de la universidad Virginia Tech y autora del estudio. “Cuando los celulares están a la vista, en vez de relegarlos a un segundo plano nos distraen y abstraen de nuestro contexto personal”.
Y puesto que las personas se dan cuenta de que podrían ser interrumpidas, es menos probable que entablen conversaciones acerca de sus sentimientos o problemas y se inclinen más por tener pequeñas charlas superficiales.
“Las conversaciones trascendentes exigen que los participantes presten atención”, afirma Misra. “Tenemos que escuchar las palabras, el tono y las pausas, observar los gestos faciales y movimientos corporales, así como pensar en lo que estamos oyendo para entender el significado y contestar de manera adecuada. Es una tarea compleja y requiere muchos recursos cognitivos. Si nuestra atención se divide, las tareas complejas, como las conversaciones, lo resienten. Y el hecho de que los teléfonos estén a la vista nos distrae”.
Estudios recientes han revelado que, en 2009, los estudiantes universitarios tenían niveles inferiores de empatía que sus colegas 30 años antes. Los investigadores consideraron los efectos de la tecnología y las redes sociales como parte de la caída, pero no sacaron conclusiones sobre la causa del descenso entre 1979 y 2009.
“Que yo sepa, no hay evidencia para culpar a los celulares o las redes por la pérdida de empatía”, afirma Sara Konrath, profesora de estudios filantrópicos de la Universidad Indiana de Indianápolis y autora del estudio. “Quizá hay muchos motivos: cambios en el tamaño y dinámicas de las familias o de las actividades políticas”.
La otra investigación de Konrath ha revelado que los jóvenes tienen los niveles de empatía más bajos; las mujeres de mediana edad, los más altos. ¿Por qué? Es posible que estas tengan más oportunidades de activar sus músculos empáticos: cuidar niños, a sus padres mayores y ser mentoras de sus nuevos colegas. Por suerte, afirma la especialista, puedes aumentar dichos niveles con la práctica, y dejar el teléfono a un lado es útil.
“Estamos hechos para reaccionar cara a cara; nuestros ancestros no tenían celulares”, afirma Konrath.
“Es bueno practicar la empatía en persona. Podemos ver las expresiones faciales y escuchar el tono de voz. Hay más señales del estado de la otra persona, por lo que nos podemos conectar mejor”.
Como estos aparatos distraen tanto, la gente siempre está pendiente de ellos en todas partes, incluso en el trabajo. Fabien Guasco, de 43 años, originario de Francia, se frustra cuando los dispositivos interrumpen sus juntas.
“La gente se concentra en los mensajes que le llegan al correo electrónico en vez de escuchar lo que se dice”, afirma Guasco. “Por eso ahora me callo de inmediato si algún miembro del personal se pone a teclear en el teléfono. ¡Así conseguí que todo el mundo prestara atención!”.
“Para los jóvenes es muy difícil desarrollar la capacidad de hablar con otra persona y prestarle atención sin que el teléfono interrumpa”.
Los investigadores han descubierto por qué es tan difícil olvidarse de los dispositivos: alimentan nuestra naturaleza adictiva.
“Cada vez que obtienes un ‘me gusta’ en una red social o un premio en un juego”, afirma Bilke-Hentsch, “consigues una pequeña inyección de dopamina en el sistema de recompensa de tu cerebro. Quieres que te den otra. Es como fumar un cigarrillo o comer un dulce. Quizá no obtienes dichas gratificaciones de tu cónyuge”.
Si ya te hartó estar en segundo lugar con respecto a un dispositivo móvil y te gustaría reducir el uso que hace un ser querido de este, sin propiciar una discusión acalorada, intenta lo siguiente:
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