Las ballenas son una de las fabulosas razones por las que siempre volteamos al agua con tanto temor como admiración.

El vasto e imponente océano ha despertado la fascinación de los seres humanos desde la Prehistoria hasta la actualidad.

Las aguas marinas siguen siendo un misterio para el hombre, pues a pesar del adelanto tecnológico que ha logrado hasta este momento, sólo se ha podido explorar una mínima parte del océano y es probable que se sepa más de la Luna, que de esta inconmensurable masa de agua que cubre la mayor parte de la superficie terrestre.

El temor azul profundo

El hombre siempre ha creído que los océanos están dominados por dioses poderosísimos, los cuales tienen su hogar en los lóbregos abismos marinos. Asimismo, el género humano se atemoriza ante muchas de las criaturas que habitan los mares.

Algunos de estos seres son producto de una imaginación desbordada, pero otros, son completamente reales, a pesar de lo fabulosos e increíbles que pudieran parecer.

Es seguro que cuando el hombre primitivo se encontraba con un gran cetáceo varado en la playa, se sorprendía no sólo por su increíble tamaño, sino también por su extraña anatomía.

En definitiva, aquella visión tuvo que despertar una enorme inquietud y un mayúsculo interés en las personas que se topaban con aquel fantástico animal. Por supuesto, los pueblos de navegantes –como los fenicios, los cartagineses y los vikingos− podían observar frecuentemente a aquellos colosos desplazándose a través de las olas, lo que seguramente los llenaba de estupor, admiración y terror.

La representación más antigua de una ballena que se conoce, proviene de una cueva de Noruega y data de alrededor del año 1800 a.C. Se trata de un grabado en la roca que retrata a unos cazadores subidos en un bote que persiguen a una enorme criatura que lanza un chorro de agua desde la parte superior de su cabeza.

Las ballenas, seres definitivamente extraordinarios, están presentes en diversas mitologías, especialmente en las de aquellos pueblos que se desarrollaron a la orilla del mar.

En muchas ocasiones se hablaba de monstruos marinos gigantescos y temibles que por lo regular representaban el poder del océano y la infinita potencia creadora de la naturaleza.

En la antigua Babilonia, se rendía culto a una colosal y enigmática diosa marina llamada Tiamat, la cual representaba al caos. Esta beligerante deidad podía estar representada por las ballenas y aterraba a los antiguos habitantes del Medio Oriente, pues su furor podía ser incontenible.

Por otra parte, en esa misma región del planeta, Bahamut, era un enorme ser acuático –identificado con un cetáceo− de la mitología árabe que junto con un toro y un ángel sostenían a la Tierra. Por su lado, para los chinos Yu Kiang era una criatura muy parecida a una ballena, pero con manos y pies humanos.

En Vietnam se creía que las ballenas encarnaban a espíritus protectores enviados por el dios del agua para proteger a los marineros y para salvar a los náufragos. En Japón se hacían –y a veces se siguen haciendo− ceremonias religiosas en honor de las ballenas muertas.

Y en Angola, África, también se llevaban a cabo ritos especiales cuando se encontraba a alguna ballena varada en la playa, ya que se creía que se trataba de seres espirituales benéficos. Del mismo modo, para los maorís de toda la Polinesia, los cetáceos eran entes protectores de la humanidad.

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Las ballenas están involucradas en los mitos inuit que hablan de la creación del mundo. Muchos de estos pueblos inuit de América, así como diversas etnias de Siberia, llevaban a cabo curiosos rituales previos a la cacería de ballenas para que ésta fuera exitosa. En estas ceremonias imitaban los movimientos de las grandes bestias en el agua y su agonía una vez que eran arponeadas.

En las creencias de los aborígenes de Australia también están presentes los cetáceos, pues afirman que la primera ballena del mundo fue Kondole, quien originalmente había sido un hombre.

El mito cuenta que el espiráculo –el distintivo orificio por donde respiran estos animales− tenía su origen en una herida que sufrió Kondole, pues una lanza había perforado su cráneo cuando todavía era un ser humano.

En la antigua Grecia una leyenda decía que Ceto fue hija de Gea –la tierra− y de Ponto –el mar− y que encarnaba a todas las amenazas que acechaban a los hombres en el océano.

También representaba a los monstruos marinos que surgían de las profundidades para atacar con su descomunal poder y fiereza a los seres humanos y a sus embarcaciones.

De acuerdo a la mitología griega, ya fuera por la diosa Ceto o por el monstruo Cetus, a las ballenas −los animales más grandes del planeta y que viven en el mar− se les llama cetáceos.

Colosales páginas históricas

En La Biblia, en el libro del Génesis del Antiguo Testamento (el Tanaj hebreo), se dice que el quinto día de la creación, Dios formó a los monstruos marinos y a las criaturas que pululan en los océanos. Entre los monstruos marinos estaban incluidas las ballenas.

En el mismo Antiguo Testamento, pero en el libro de Jonás, se narra cómo este profeta fue arrojado al mar embravecido y como fue tragado por un “gran pez” enviado por Dios.

Después de permanecer durante tres días en el vientre del animal y gracias a la intervención divina, Jonás pudo salvarse y salir ileso de aquel inquietante lugar.

Al paso de los siglos, en las tradiciones judeocristianas y en el Islam, se ha perpetuado la idea de que aquel “gran pez” era en realidad una ballena, pues el hombre no ha conocido una criatura más grande y muy pocos animales podrían tragarse a un ser humano entero y de un solo bocado.

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En La Biblia, también se menciona a Leviatán, un terrorífico ser marino asociado al mal y a la destrucción.

Probablemente está inspirado en Tiamat, la diosa babilónica del caos y aunque se trata de una bestia con rasgos de reptil y que más pareciera una especie de mítico dragón marino, a Leviatán se le ha asociado siempre con las ballenas (a pesar de no tener nada que ver con estos mamíferos) y esto probablemente obedece al titánico tamaño de estos animales, a su particular aspecto y al inmenso pánico que provocaban en los antiguos marineros.

Así que, la palabra “Leviatán” se ha utilizado desde hace milenios para referirse a gigantescas y monstruosas criaturas marinas y allí es donde precisamente entran las ballenas y los cachalotes.

Resulta curioso que a inicios del siglo XXI, cuando se descubrieron los restos de un gran mamífero marino prehistórico ya extinto, pero pariente lejano de los cachalotes, cuyas características indican que fue un agresivo y magnífico depredador, se le bautizó con el nombre científico de Livyatan melvillei, recordando al Leviatán bíblico y al autor de Moby Dick, Herman Melville.

Pero los cetáceos no sólo están presentes en los mitos, pues los estudiosos de todos los tiempos han demostrado mucho interés en ellos y plasmaron sus observaciones e indagaciones, en distintas obras escritas que aportan datos interesantísimos –y muchos fantásticos− sobre estos animales.

Es el caso del geógrafo Estrabón (64 a.C.-24 d.C.), quien describe a las ballenas en su libro Geografía. O como el gran naturalista Plinio el Viejo (23-79), quien en el libro IX de su Historia Natural, habla sobre ballenas, cachalotes y orcas.

Este sabio romano también narra cómo una orca fue muerta a lanzadas por orden del emperador Claudio (siglo I), después de que la bestia penetró en el puerto de Ostia e infringió diversos daños a las embarcaciones atracadas.

En La Eneida de Virgilio (siglo I), el autor menciona a las ballenas, mientras que por su lado, Opiano de Anazarbo, escribe en el siglo II su obra Haliéutica, en donde describe la captura y matanza de estos animales.

También en el siglo II, Aulo Gelio, en su libro de curiosidades Noctes Atticae, habla de las ballenas. Y más tarde, Eliano (175-235), nuevamente abordaría el tema con gran detalle, ya que tenía un especial interés por la fauna marina.

A lo largo de la Edad Media se redactaron e ilustraron preciosos bestiarios que reunían los datos que se tenían sobre los animales que en ese entonces conocían los naturalistas europeos.

Mucha de esa información era totalmente verídica, pero alguna otra resultaba errónea e incluso se añadían bestias fantásticas como el grifo, el basilisco o el ave fénix. Muchas de estas obras se basaron en un célebre bestiario anónimo y muy antiguo que lleva por título Physiologus.

Probablemente de origen griego y redactado alrededor del siglo I, en este curioso tratado son mencionadas las ballenas, así como la posibilidad de que puedan ser confundidas con islas dado su descomunal tamaño. Todos los bestiarios medievales que tomaron como referencia al Physiologus también incluyen a los cetáceos.