Era un día espléndido para volar en parapente. De pronto, ocurrió algo terrible…

Simon Vogrinec iba flotando por encima del monte Jahorina, en Bosnia, y contemplaba extasiado uno de los paisajes más impresionantes de Europa. Desde el asiento del arnés de su parapente, veía interminables hileras de cumbres de color azul grisáceo, y el macizo situado entre Bosnia-Herzegovina y Montenegro.

Era un día luminoso y despejado de octubre, pero ya se sentía un aire frío que anunciaba la cercanía del invierno. Simon estaba haciendo lo que más le gustaba. “Cuando vuelo en el parapente, me gusta el silencio de las alturas, donde lo único que se escucha es el viento rozando tu cabello”, dice.

Después de 10 o 15 minutos aterrizó en una escarpada ladera no lejos del pico del Jahorina; dobló la tela del parapente, se la echó al hombro y empezó a escalar hacia donde estaba su primo, Uros, quien había aterrizado un poco más arriba.

Cerca de la cima, el hermano mayor de Simon, Bostjan, se disponía a lanzarse también. “Ya tenía los cordeles en las manos, pero cuando estaba a punto de tirar de ellos y despegar, oí un estallido abajo”, cuenta. “Luego vi una enorme nube negra”.

Simon, hombre alto y fornido de 28 años, fue arrojado al suelo por la ensordecedora explosión.

—¡Pisé una mina! —gritó.

Desde el sitio donde quedó tendido, vio cómo Uros, a 30 metros de distancia, se precipitaba por instinto hacia él, pero de pronto se detuvo en seco al darse cuenta de que estaba corriendo por un terreno minado.

Mientras se entregaba al deporte que lo apasionaba, Simon había conjurado sin querer a uno de los muchos fantasmas acechantes de la terrible guerra de Bosnia de 1992-1995. Y ahora él, su hermano y su primo estaban atrapados como piezas de ajedrez en un tablero, y un movimiento en falso podría acarrearles la muerte.

Los tres hombres pertenecían a un grupo de cinco parapentistas, todos eslovenos, que habían llegado a Bosnia el día anterior para tomar clases con el director de la escuela de parapente local, Mirvad Zenuni. Esa mañana se habían dirigido por su cuenta al monte Jahorina, cuyas magníficas laderas se usaron para las competencias de esquí en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984.

Hay un lugar de despegue para parapentistas en la cara sur del monte, pero como el viento estaba soplando hacia allí, Simon, Uros y Bostjan se dirigieron al otro lado, sin saber que les esperaba un riesgo mortal.

En los años de la guerra había una estación de radar en la cima del monte. Para protegerla, las fuerzas serbias sembraron minas en las laderas del norte, pero cuando el conflicto terminó, nadie puso señales de peligro. Esas señales son comunes en la región, que estuvo densamente minada durante el periodo de la guerra.

“Vimos personas recogiendo arándanos silvestres, así que pensamos que era seguro”, recuerda Simon. Se cree que el esloveno hizo estallar una de las minas más letales de todas: una mina de rebote, que salta al pisarla, explota a la altura de la cintura y por lo común mata a cualquiera que se encuentre dentro de un radio de 35 metros. Es muy probable que Simon se haya salvado de una muerte instantánea gracias a la capa inferior de madera y hule espuma del asiento del parapente, que aún no se había desa-tado cuando la mina estalló.

Cuando el humo acre de la explosión empezó a disiparse, Simon vio que estaba tendido boca arriba, con los pies apuntando ladera abajo. Permaneció así, mirando el trozo de cielo donde había estado flotando felizmente apenas unos minutos antes, y se dio cuenta, con enorme sorpresa, de que no sentía mucho dolor. Se dijo a sí mismo que debía tranquilizarse.

“Me hice consciente de que estaba malherido y de que tenía que luchar para poder sobrevivir”, refiere.

Como enfermero en un hospital psiquiátrico, estaba acostumbrado a hacer frente a emergencias y auxiliar a otros. “Pensé que debía evaluar los daños”, dice. “Podía ver que mis pies casi habían sido arrancados de los tobillos; lo único que los sostenía eran los tendones. No tenía ningún control sobre el brazo derecho por debajo del codo, que estaba destrozado”.

Sin embargo, de manera milagrosa —y crucial, como supo en seguida—, aún podía mover la muñeca derecha. “Tenía que detener la pérdida de sangre”, cuenta. Eso significaba hacer un torniquete. Utilizó los cordeles de suspensión del parapente.

“No tenía fuerzas para atarme un cordel alrededor de cada pierna, pero encontré la manera de amarrarme ambas juntas: pasé un cordel debajo de mis piernas con la mano izquierda, y luego con ésta me puse la otra mano sobre el vientre, para poder usar la muñeca derecha y atar el cordel por encima de las rodillas”.

Después se dispuso a aprovechar la pendiente para que, en vez de manar de sus piernas destrozadas, la sangre fluyera hacia la cabeza. Con gran esfuerzo, y arriesgándose a que sus movimientos hicieran estallar otra mina enterrada en la ladera, se dio media vuelta para que sus piernas apuntaran hacia la cima.

Bostjan era policía, y había tenido la precaución de incluir el número de la policía local en la lista de contactos de su teléfono celular. Llamó allí, y luego dio aviso a Mirvad Zenuni, el director de la escuela de parapente, quien, muy alarmado, comenzó a telefonear a cuanta persona le pareció que podría ayudar. Pronto descubrió que la compleja política de Bosnia iba a complicar mucho el rescate.

Bosnia está dividida en dos partes: una controlada por los habitantes de origen serbio, llamada oficialmente República Srpska, y la otra, una federación de ciudadanos de origen croata y una mayoría de bosnios musulmanes. El equipo federal de rescate de montaña le dijo a Zenuni que no podían acudir en su ayuda porque cada lado hacía turnos de siete días, y en ese momento era el turno de la República Srpska.

Pero Srpska está dividida también en dos zonas, y su helicóptero de rescate se encontraba en la mitad norte, muy lejos de donde Simon se estaba desangrando. Entonces, uno de los alumnos de Zenuni recordó que tenía el número telefónico de una diplomática eslovena de servicio en la capital, Sarajevo. Le llamó y le pasó el teléfono a Zenuni, quien sugirió que la embajada acudiera a EUFOR, la fuerza de reacción rápida de la Unión Europea, en las afueras de Sarajevo, la cual se encarga de hacer cumplir el acuerdo de paz que puso fin a la guerra.

En la ladera del monte, Simon iba de mal en peor. “El dolor intenso comenzó unos 45 minutos después de la explosión”, dice. Tenía un radiotransmisor VHF portátil, al igual que sus compañeros, que estaban desperdigados por la ladera. Usaron los aparatos para tratar de animarlo; sin embargo, conforme pasaban los minutos y el dolor de Simon aumentaba, sus silencios se hacían cada vez más largos. En un momento dado el silencio duró tanto, que otro primo de Simon, Jani, pensó que había muerto. Pero entonces lo oyeron gritar de dolor. “En ese instante me pareció el más dulce de los sonidos”, refiere Jani.

“Después de una hora comencé a preguntarme si iba a salir vivo de allí”, dice Simon. “Con cada minuto que transcurría, tenía menos confianza en que sería rescatado”.