El sonido de un mosquito en plena noche suele asociarse con incomodidad o picaduras molestas. Sin embargo, para la ciencia, ese zumbido podría ser la señal de una amenaza mucho mayor. Hoy, la relación entre deforestación, mosquitos y pandemias ya no es una hipótesis lejana, sino un fenómeno documentado que preocupa a especialistas en salud y medio ambiente.
La degradación de los ecosistemas está alterando el equilibrio natural y empujando a ciertos insectos a adaptarse de formas que incrementan el riesgo de enfermedades infecciosas en humanos.
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El Bosque Atlántico: un ecosistema clave en riesgo
A lo largo de Brasil, Paraguay y Argentina se extiende el Bosque Atlántico, uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad del planeta. Según la World Wide Fund for Nature (WWF), una sola hectárea puede albergar hasta 450 especies de árboles y concentrar cerca del 7 % de las plantas y el 5 % de los vertebrados del mundo, muchos de ellos endémicos.
No obstante, esta riqueza natural ha sido severamente reducida. De una extensión original equivalente a más de cinco veces el estado de Chihuahua, hoy solo queda una fracción cercana a los 247 mil kilómetros cuadrados, consecuencia de la expansión urbana, el turismo descontrolado y la tala agrícola e industrial.
Cuando los mosquitos pierden a sus presas naturales
La pérdida de biodiversidad tiene efectos que van más allá de la desaparición de especies. Al disminuir los animales silvestres que tradicionalmente servían como fuente de alimento, muchos mosquitos han cambiado su comportamiento.
Un estudio encabezado por el microbiólogo Sergio Machado, de la Universidad Federal de Río de Janeiro, reveló que tres de cada cuatro mosquitos analizados en zonas deforestadas del Bosque Atlántico habían ingerido sangre humana. El hallazgo confirma una adaptación directa a los cambios ambientales provocados por la actividad humana.
Este cambio no es menor. Como explica el propio Machado, identificar las fuentes de alimento de los mosquitos permite entender cómo se modifica la epidemiología de enfermedades transmitidas por vectores, como dengue, zika y chikunguña.
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Enfermedades en aumento: una señal de alerta
Los efectos de esta adaptación ya se reflejan en las cifras. De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), entre 2022 y 2024 América registró más de 13.5 millones de casos combinados de dengue, zika y chikunguña, un incremento de 3.1 millones de contagios en solo dos años.
Especialistas advierten que este aumento coincide con dos factores clave: la acelerada pérdida de cobertura forestal y el avance del cambio climático, que favorece la expansión de los mosquitos hacia nuevas regiones.
Un problema ambiental que se convierte en crisis sanitaria
Para expertos en salud pública, el riesgo no radica solo en las cifras actuales, sino en la tendencia. La deforestación continúa siendo vista en muchos países como una oportunidad de expansión económica, sin considerar sus efectos colaterales sobre la salud humana.
El problema es que muchas de las enfermedades transmitidas por mosquitos no tienen tratamientos curativos, solo manejo de síntomas y medidas de control. Esto abre la puerta a brotes cada vez más difíciles de contener y, potencialmente, a una nueva pandemia.
La lección es clara
La evidencia científica es contundente: la degradación ambiental no se queda en los bosques, llega a las ciudades, a los hogares y a los sistemas de salud. Proteger los ecosistemas no es solo una causa ecológica, sino una estrategia esencial de prevención sanitaria.
Ignorar esta conexión podría convertir a un insecto diminuto en uno de los mayores desafíos de salud global del futuro.