Aunque solemos creer que la experiencia nos vuelve más sabios, la evidencia científica muestra que muchas personas repiten decisiones que ya no les funcionan. La razón no siempre está en la falta de voluntad, sino en cómo aprende —y se resiste a cambiar— nuestro cerebro.
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¿Por qué repetimos errores que nos perjudican?
La idea de que “uno aprende de los errores” suena lógica, pero no siempre se cumple. En la vida cotidiana —desde relaciones y hábitos hasta decisiones laborales o de salud— es frecuente insistir en conductas que ya demostraron ser ineficaces o incluso dañinas.
Según especialistas en neurociencia y psicología, esta resistencia al cambio no es solo un problema de razonamiento. En muchos casos, responde a mecanismos automáticos y profundamente arraigados que privilegian lo conocido por encima de lo conveniente.
Lo que dice la neurociencia: dos sistemas que guían nuestras decisiones
Un estudio publicado en el Journal of Neuroscience explica que nuestro comportamiento está influido por la interacción de dos sistemas de aprendizaje:
- Aprendizaje instrumental: se basa en la experiencia consciente. Probamos, evaluamos resultados y ajustamos nuestras decisiones.
- Aprendizaje pavloviano: es automático. Respondemos a señales del entorno que, en el pasado, estuvieron asociadas a una recompensa.
El problema surge cuando este segundo sistema sigue activándose aunque la recompensa ya no exista. El cerebro continúa reaccionando como si esa elección todavía fuera beneficiosa.
Cuando el cerebro se queda “atrapado” en viejos patrones
Los investigadores observaron que algunas personas son especialmente sensibles a las señales externas —imágenes, sonidos, contextos— y tienden a dejarse guiar por ellas, incluso cuando ya no conducen a buenos resultados.
Estas personas muestran menor flexibilidad cognitiva y más dificultad para actualizar sus creencias. En términos simples: saben que algo ya no funciona, pero aun así lo repiten.
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El papel del inconsciente: no es ignorancia, es familiaridad
El psiquiatra Diego López de Gomara, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, explica que repetir errores no suele deberse a desconocimiento, sino a una lealtad inconsciente a formas de actuar que alguna vez generaron placer, alivio o sensación de control.
“Lo aprendido primero no es solo información: es una huella. Aunque ya no sea útil, sigue organizando la manera en que el sujeto responde al mundo”, señala el especialista.
Renunciar a esos patrones implica una pérdida emocional, y el cerebro tiende a resistirse a ese cambio.
¿Por qué desaprender cuesta más que aprender algo nuevo?
Desde la psicología y la neurociencia se coincide en que desaprender exige más esfuerzo que incorporar un nuevo conocimiento. Cambiar implica soltar una forma de responder que fue significativa en el pasado, incluso si hoy resulta limitante.
Además, lo familiar genera una sensación de seguridad, aunque sea incómoda o poco saludable. Por eso, el cerebro muchas veces prefiere lo conocido antes que lo incierto.
Romper el ciclo: ¿es posible cambiar patrones repetidos?
La buena noticia es que sí. Los expertos señalan que la flexibilidad mental puede entrenarse, aunque no dependa solo de la fuerza de voluntad.
Algunas estrategias clave incluyen:
- Tomar conciencia de las señales que disparan respuestas automáticas
- Cuestionar creencias antiguas que ya no se ajustan a la realidad actual
- Entrenar la atención plena, para reducir reacciones impulsivas
- Acompañamiento terapéutico, que ayude a resignificar experiencias pasadas
- Crear nuevas asociaciones, repitiendo conductas alternativas hasta que se consoliden
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Más allá del error: una oportunidad de transformación
Repetir decisiones equivocadas no significa falta de inteligencia ni debilidad de carácter. En muchos casos, es la expresión de cómo funciona el cerebro humano, diseñado para conservar lo aprendido.
Comprender estos mecanismos permite dejar de juzgarse con dureza y empezar a trabajar, con mayor conciencia, en nuevas formas de elegir. Cambiar no siempre es rápido, pero sí posible.