El termómetro puede marcar una temperatura “tolerable”, pero tu cuerpo puede estar viviendo algo muy distinto. Esa diferencia tiene nombre: sensación térmica, un factor clave para entender por qué el frío —o el calor— puede ser más riesgoso de lo que aparenta, incluso sin cifras extremas.
Viento, humedad y radiación solar modifican la manera en que el cuerpo pierde o retiene calor. Ignorar estos elementos puede llevar a subestimar riesgos reales para la salud, sobre todo en temporadas de frío intenso o cambios bruscos de clima.
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¿Qué es la sensación térmica y por qué no coincide con el termómetro?
La sensación térmica describe cómo el cuerpo humano percibe la temperatura ambiental, considerando no solo los grados del aire, sino también las condiciones que afectan el intercambio de calor con el entorno.
Nuestro cuerpo genera una fina capa de aire caliente alrededor de la piel. Cuando hay viento, esa capa se rompe y el calor se pierde más rápido. Por eso, 10 °C con viento fuerte pueden sentirse como 0 °C o menos, aun cuando el termómetro no lo indique.
Este fenómeno no es subjetivo ni “psicológico”. Desde hace décadas, la meteorología utiliza fórmulas científicas que combinan temperatura del aire y velocidad del viento para calcular el llamado enfriamiento por viento, una medida pensada específicamente para estimar el impacto real del frío en el cuerpo humano.
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El viento: cuando el frío se vuelve un riesgo real
El viento es uno de los factores que más intensifica el frío. A mayor velocidad del aire, mayor es la pérdida de calor corporal. En zonas abiertas, regiones montañosas o ciudades con corrientes constantes, el viento puede convertir un día frío en una situación peligrosa en cuestión de minutos.
Por ejemplo, con 5 °C y viento sostenido, la sensación térmica puede descender por debajo de los –5 °C. Este cambio eleva de forma directa el riesgo de hipotermia y congelación, motivo por el cual los servicios meteorológicos incluyen la sensación térmica en alertas y avisos de protección civil.
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Riesgos reales del frío para la salud
Cuando la sensación térmica baja demasiado, el cuerpo entra en estrés térmico. La hipotermia ocurre cuando se pierde calor más rápido de lo que el organismo puede producirlo, provocando confusión, somnolencia, torpeza motora y, en casos graves, fallas orgánicas.
La congelación afecta principalmente dedos, orejas y nariz, zonas con menor irrigación sanguínea. Además, el aire frío puede agravar problemas respiratorios como el asma, y aumenta la carga sobre el sistema cardiovascular, obligando al corazón a trabajar más para mantener la temperatura corporal.
Todo esto puede suceder incluso cuando la temperatura “oficial” parece moderada, lo que convierte a la sensación térmica en un indicador clave de riesgo, no en un dato secundario.
Sensación térmica también en el calor: el papel de la humedad
Aunque suele asociarse con el invierno, la sensación térmica también es fundamental en climas cálidos. En ambientes con alta humedad, el sudor no se evapora correctamente, lo que dificulta el enfriamiento natural del cuerpo.
El resultado es el índice de calor: una temperatura de 30 °C con mucha humedad puede sentirse como 40 °C o más. En ambos extremos —frío o calor— el principio es el mismo: no importa solo la temperatura, sino cómo el entorno afecta la capacidad del cuerpo para autorregularse.
¿Por qué la sensación térmica importa más de lo que creemos?
La sensación térmica no es un adorno del pronóstico del tiempo. Es una herramienta de prevención. Ayuda a decidir cómo vestirnos, cuánto tiempo permanecer al aire libre, si es seguro hacer ejercicio o si conviene limitar la exposición, especialmente en niños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas.
Entender este concepto cambia la forma en que interpretamos el clima: deja de ser un número abstracto y se convierte en una experiencia corporal real. El clima no se vive en grados, se vive en el cuerpo.
Una clave de autocuidado en tiempos de clima extremo
La sensación térmica nos recuerda que el entorno puede volverse hostil sin previo aviso. Viento, humedad y radiación solar pueden transformar un día aparentemente normal en uno riesgoso, incluso sin temperaturas extremas.
En un contexto de cambios climáticos cada vez más intensos, comprender cómo el clima interactúa con nuestro organismo es una forma básica de autocuidado. La próxima vez que revises el pronóstico, no mires solo el número: piensa en cómo realmente se va a sentir.