Una abuela de 54 años decidida a probar algo nuevo, un instructor de paracaidismo adicto a la adrenalina, y un descenso desde las alturas que salió terriblemente mal… 

El primero de agosto de 2009, la zona de descenso de la empresa de paracaidismo Skydive Houston, en el condado de Waller, Texas, bullía de actividad. El instructor Dave Hartsock había hecho su primer salto en tándem a las 9 de la mañana, al cual siguieron cinco más. A las 4 de la tarde estaba por terminar su turno cuando Todd Bell, su supervisor, se acercó a él para pedirle un favor: saltar con una persona más.

Dave estaba cansado y sudoroso, pero accedió a hacerlo. Bebió un poco para hidratarse, tomó un paracaídas plegado que colgaba de una clavija en la pared y se volvió para sonreírle a la última saltadora del día.

Normalmente, Shirley Dygert evitaba los riesgos: ni siquiera conducía de noche. Pero allí estaba, enfundada en un traje de paracaidismo y dispuesta a saltar de un avión. ¿Qué diablos estoy haciendo?, pensó. Su hijo mayor, Will, la había invitado a viajar a Waller desde su casa, en Teague, Texas, a 210 kilómetros al noroeste, para celebrar el cumpleaños 54 de ella y el 30 de su hijo menor, Joe.

El plan original era que Joe y sus amigos fueran a saltar en paracaídas, pero cinco minutos antes de que Shirley llegara a casa de Will, su celular sonó. Era Joe. Un amigo suyo, de San Antonio, había decidido no saltar. Le preguntó a Shirley si quería tomar su sitio. Ella pensó que sería una oportunidad de probar algo nuevo y convivir con sus hijos, así que respondió:

—Sí, claro, voy para allá. 

Por eso estaba allí, mirando a ese instructor de cuarenta y tantos años que llevaba un paracaídas atado a los hombros. Muy pronto saltarían juntos, y su vida estaría en manos de él. 

 

Mientras el avión, un Super Twin Otter con capacidad para 23 pasajeros, ascendía hasta los 4,100 metros, Dave revisó varias veces las hebillas del paracaídas en los cuatro puntos de contacto. Tras haber hecho más de 800 saltos, hacía eso de manera casi refleja. Había superado los nervios hacía mucho tiempo, y era evidente que Shirley sería una aprendiz dócil. La mujer sonreía con timidez; sin duda acataría bien sus instrucciones. 

Dave le explicó el procedimiento: girarían tres veces en el aire para que ella pudiera ver Houston, ubicado a 65 kilómetros de distancia, y al llegar a los 1,500 metros él abriría el paracaídas para iniciar un descenso suave. Todo eso llevaría cuatro o cinco minutos, pero parecerían 25. 

En los primeros instantes después de que saltaron del avión, lo único que Shirley vio fue el vasto cielo, salpicado de nubes; luego cambió su perspectiva, y vio cómo caían de cabeza en un embudo de aire. La frente se le puso muy tensa, y sintió como si las mejillas se le desprendieran. Durante los primeros tres segundos, sus cuerpos cayeron a 80 kilómetros por hora, y a los nueve segundos alcanzaron los 195 kilómetros por hora. 

Como Dave le había indicado en la breve sesión de entrenamiento antes del salto, Shirley extendió los brazos y las piernas para colocarse boca abajo y permitirle a él controlar el descenso. Sus cuerpos se estabilizaron, y Shirley por fin pudo respirar. Alcanzaba a ver casas, graneros y un campo de golf; casi divisaba la casa de Will, donde estarían disfrutando de una parrillada en cuestión de horas. 

 

Al llegar a los 1,500 metros, Dave desplegó el paracaídas principal. Como siempre, esperaba que la lona se inflara correctamente y se mantuviera estable para poder orientarla; entonces, el resto sería un apacible descenso hasta el suelo, donde él posaría sonriendo ante las cámaras, guardaría el equipo y se daría una ducha antes de ir a divertirse. Los sábados por la noche eran muy animados en Waller. La zona de descenso estaba situada en un pequeño aeropuerto privado que tenía una casa club, una cocina y una piscina. Los instructores se reunían allí a beber cerveza y charlar alrededor de una fogata. 

Cuando Dave tiró de la manija de despliegue, al instante supo que algo andaba mal. Abrir el paracaídas y reducir la velocidad de 195 a 30 kilómetros por hora en unos segundos suele ser brusco, pero esto era distinto. Dave sintió una sacudida violenta y oyó un fuerte chasquido por encima de su cabeza. Trató de mirar hacia arriba, pero empezó a dar vueltas junto con Shirley, cada vez con mayor rapidez. La sangre se les agolpó en los pies. Él estaba consciente del peligro: si giraban muy aprisa y por mucho tiempo, podrían desmayarse, y si él perdía el sentido, nadie podría abrir el paracaídas de emergencia. 

Al ver la forma de lazo que había adoptado el velamen del paracaídas, Dave supo lo que estaba ocurriendo: era una apertura parcial por un nudo de tensión, en el que las cuerdas conectadas al velamen se enredan en la parte superior del mismo. Con todo, el problema tenía solución. Lo único que Dave debía hacer era soltar el paracaídas principal y abrir el de emergencia. Cerró los ojos para concentrarse mejor y subió la mano para asir la manija de liberación; sin embargo, no la encontró. 

Shirley empezaba a angustiarse. Ya habían hecho más de tres giros. 

—¿Se supone que esto es siempre así? —le preguntó a Dave a gritos. 

—No —contestó él—. A decir verdad, tenemos un problema grave, pero intento solucionarlo. 

Cada segundo giraban más aprisa. El mundo se hizo borroso. Shirley se preguntó qué estaría pensando su esposo, Bill, allá en el suelo. Se habían conocido poco después de concluir el bachillerato, en Colstrip, Montana, donde los padres de ambos trabajaban en una mina de carbón. Pasaron su luna de miel en Coeur d’Alene, Idaho, y tuvieron a su hijo Will en 1977, y a Joe dos años después. En 1998, cuando los muchachos terminaron el bachillerato, Shirley tomó un empleo en la oficina de correos. Caminaba 21 kilómetros diarios, abriendo un buzón tras otro. Le gustaba la rutina del trabajo, lo predecible que era. 

Lo único en lo que pensaba Dave era en soltar el velamen. Normalmente, era fácil hacerlo; sólo tenía que estirarse y tirar de la manija, pero ésta había desaparecido de repente. Había visualizado la maniobra incontables veces desde 2004, cuando se volvió fanático del paracaidismo. Al final de su primer salto en tándem en Skydive Houston, le preguntó al instructor qué debía hacer para poder dedicarse de lleno a ese deporte. 

A Dave le fascinaba la euforia del vuelo, la intensa emoción que sentía. Se hizo instructor, y luego, en 2009, empezó a lanzarse con principiantes. Disfrutaba que, con cada salto, introducía a alguien en el deporte y lo ayudaba a tachar algo de su lista de cosas por hacer antes de morir. Pero esta vez estaba en un aprieto. Las cuerdas del velamen se habían enredado de tal forma, que la manija de liberación había quedado atorada entre Shirley y él; no podía alcanzarla. Cuando cayeron a 1,200 metros del suelo, Dave supo que el tiempo se estaba agotando. Tenía unos 20 segundos antes de llegar a un punto sin retorno. 

Sólo tenía una opción. Más o menos a los 1,100 metros, accionó el paracaídas de emergencia; esperaba que éste al menos redujera la velocidad de la caída, detuviera los giros sin control y le diera oportunidad de pensar. 

El paracaídas salió disparado hacia el cielo azul y se abrió. Por unos momentos regresó la calma; la velocidad del descenso pasó de 160 a 100 kilómetros por hora, y los giros se hicieron más lentos. La sangre fluyó nuevamente a la cabeza de Dave, que empezó a agitar las cuerdas, tratando de hacer que los dos velámenes se desplegaran por completo. Quizá logremos salir de esto, pensó. 

En tierra, Bill miraba hacia arriba con creciente preocupación. El salto de su esposa había parecido correcto al principio; luego, el paracaídas se disparó hacia el cielo, pero en vez de abrirse, se dobló sobre su centro. Otro paracaídas se había desplegado, pero Bill no sabía si estaba desacelerando o  no el descenso de Shirley y el instructor. Le pareció estar presenciando un accidente automovilístico sin poder hacer nada para evitarlo. Bajó su cámara y echó a correr. 

Shirley acababa de recuperar el sentido del equilibrio cuando sintió una sacudida y luego otra aceleración. Arriba de ella, los dos velámenes, ávidos de aire, habían oscilado con violencia en sentidos opuestos. Su velocidad volvió a aumentar de 100 a más de 160 kilómetros por hora. 

Cuando llegaron a los 750 metros, Shirley concluyó que iba a ser el último día de su vida. Pensó en su madre, quien murió de cáncer en el año 2000, y en que pronto estarían juntas otra vez. También pensó en su padre, un albañil y minero que trabajó arduamente hasta su muerte, a los 66 años. Shirley tuvo una sensación de calidez: a él también lo vería pronto. 

 

en un intento por frenar la caída, Dave tiró de las cuerdas con desesperación. La maniobra le permitió reducir la velocidad —descendieron 300 metros en siete segundos—, pero estaban a 450 metros de tierra y seguían cayendo en picada, a 100 kilómetros por hora. Peor aún, estaban girando otra vez. Ya no había tiempo más que para empezar a mirar el suelo. 

La situación de Dave no era fácil: la vida de otra persona dependía de él. Sin duda, era un buen tipo, el alma de las fiestas, pero también podía ser un poco altivo y temerario. Había pasado gran parte de su vida interesado sólo en divertirse. En los últimos ocho años se había fracturado el cráneo y las vértebras en accidentes automovilísticos graves, pero nada lo mantenía quieto por mucho tiempo. 

Había renunciado a tener hijos, una familia. Vivía para sí mismo. Conocía a otros hombres adictos a la adrenalina que se habían apartado de la sociedad y cuyo mundo se reducía al paracaidismo. Dave sabía que su deporte podía malherirlo o matarlo algún día; ese riesgo era parte del trato. Sin embargo, Shirley no había hecho el mismo trato; ese salto era el único que había intentado jamás, y el instructor lo sabía bien.

Dave pensó en la familia de Shirley, que estaba allá abajo, viéndola, y en lo que ocurriría durante el impacto. Sabía lo que debía hacer.

Los paracaidistas —ella adelante y él atrás— alcanzaron los 225 metros de altura. Shirley pensó en su hijo Joe, de quien alguna vez le había preocupado que jamás terminara una carrera universitaria. Joe finalmente egresó de la Universidad A&M de Texas, y luego cursó una maestría en la Universidad Trinity de San Antonio. Trabajaba como analista financiero para un hospital del condado de Harris, cerca de Houston, pero era soltero, de manera que Shirley nunca lo vería casarse ni tener hijos. 

Pensó luego en Will, que estaba abajo viéndola, junto con sus hijos (y nietos de ella): Brady, de seis años, Caylon, de cuatro, y la bebé Lexi. No quiero que los chicos vean esto, se dijo, abrumada por la angustia. 

Cuando llegaron a los 30 metros, Shirley se preparó para el impacto. Entonces Dave le gritó:

—¡Shirley, quiero que suba las piernas ahora! ¡Prepárese para un aterrizaje muy brusco! 

Al alzar las piernas, Shirley dio un giro y quedó en posición vertical. Detrás de ella, Dave tiró de las cuerdas de los dos velámenes con tanta fuerza, que se dislocó los hombros. Al mismo tiempo levantó las piernas, lo que hizo que quedara debajo de Shirley; así golpearía él primero el duro suelo y se convertiría en un cojín humano para una mujer a la que había conocido apenas media hora antes. 

Momentos después, Shirley abrió los ojos y parpadeó. Arriba de ella vio el cielo y las nubes; debajo sintió el cuerpo inerte de Dave. 

 

Han pasado seis años desde entonces, y Shirley aún piensa en Dave todos los días. Sigue viviendo con su esposo, Bill, en la misma casa en Teague. Le han brotado canas en la cabeza y se le han marcado más las arrugas alrededor de los ojos, pero sonríe todo el tiempo y camina sin dificultad. Tras haber sobrevivido a la caída con cinco vértebras cervicales y varias costillas rotas, medio riñón perdido, una lesión en el bazo y el hígado dañado, considera un milagro no tener secuelas permanentes. “Estoy como nueva”, afirma. 

Tres días después del accidente, Bill pensó que habían perdido a Dave. Mientras su esposa dormía, oyó decir a alguien en el hospital que el instructor de paracaidismo había muerto durante la noche. Pero no era así: milagrosamente, Dave seguía con vida. Cuando había vuelto en sí, en el suelo, se sorprendió. Dios mío, lo logramos, pensó. Shirley estaba atada con las correas del arnés encima de él, e intentaba levantarse. Él había tratado de ponerse de pie, pero no pudo. Dio por sentado que se había roto la columna. Más tarde, en el hospital, los médicos le dieron un pronóstico en términos técnicos, pero todo se resumía a una cosa: había quedado cuadripléjico. Nunca volvería a caminar. 

Dos semanas después de ser operada, Shirley regresó al hospital para que la revisaran; como llegó temprano a la cita, caminó varias calles hasta el Hospital Memorial Hermann, donde Dave seguía en terapia intensiva. El instructor estaba en una habitación con una enfermera. Él levantó la mirada; podía ver a Shirley, pero no hablar.

—Hola, Dave, ¿cómo estás? —lo saludó ella, y le dio un beso en la frente.

Al ver que Shirley llevaba un collar ortopédico, Dave se echó a llorar. 

—Tranquilo, los dos vamos a volver a caminar —le dijo ella, esta vez con los ojos arrasados—. Dave, sólo quiero decirte que te quiero. 

Dave la miró a los ojos. Tenía un tubo inserto en la garganta, la cabeza totalmente vendada, la cara hinchada y el cuerpo inmóvil. Con gran dificultad articuló unas palabras:

—Yo también la quiero.

 

En la actualidad Dave vive con su madre, Viki, de 77 años, en una casa de tres dormitorios en una calle cercana a la zona de centros comerciales de las afueras de Houston. Cuando conversa, suele ponerse sarcástico. El sentido del humor es una especie de mecanismo de defensa para él, una manera de tratar de ser normal ahora que su vida ya no lo es. En cuanto al fatídico salto en paracaídas, lo toma con naturalidad. “Hice lo que me pareció necesario para proteger a Shirley”, dice. “Mi mayor prioridad era ésa: asegurarme de que aterrizara con vida. Pensé: ‘Si lo hacemos de esta manera, quizá muera yo o quede paralítico de la cintura hasta abajo’”. Tras hacer una pausa, añade: “Y dije: ‘Bueno, podré vivir así’”. 

Cuando Dave y Shirley se reúnen, lo que sucede a menudo, el cariño que se muestran es grande y genuino. Ella le toca un brazo mientras conversan. Dave dice que considera a Shirley una buena amiga, y ella, como muchos de los amigos de Dave, se sorprende por la actitud positiva que mantiene, por su ánimo bromista, su sonrisa constante y por las palabras con que remata cada mensaje electrónico que le envía: “Que Dios te bendiga y te mande cielos azules”.