En Indonesia, un grupo de mujeres se dedica a cuidar orangutanes huérfanos. Es un trabajo muy arduo, pero las colma de recompensas. 

Hubo un tiempo en que a Kumie no le gustaban los orangutanes. En las selvas de Borneo viven unos 40,000 de estos simios, pero muchos residentes humanos los ven como invasores que dañan los cultivos y atacan a quienes se les acercan. Así que Kumie (muchos habitantes de Borneo no tienen apellidos) tomó con recelo un empleo como cuidadora de orangutanes bebés en 2003. “Descubrí que son muy tiernos”, dice mientras le da el biberón a un joven simio, “y se comportan exactamente como los bebés humanos”.

Kumie es una de las 47 “niñeras” del Proyecto Nyaru Menteng de Reintroducción de Orangutanes, un centro de rehabilitación donde viven más de 650 orangutanes huérfanos. Las mujeres, reclutadas de aldeas de Borneo central donde escasean los trabajos seguros, actúan como madres de los jóvenes animales hasta que están listos para vivir en los bosques protegidos por el proyecto. En ese sitio, donde los humanos son la mayor amenaza para la supervivencia de los orangutanes, las mujeres también ayudan a mejorar las relaciones entre estas dos ramas de la familia de los homínidos.

La conservacionista danesa Lone Dröscher-Nielsen lanzó el Proyecto Nyaru Menteng en 1999, con el patrocinio de la Fundación para la Supervivencia de los Orangutanes de Borneo (BOSF, por sus siglas en inglés). Deseaba fervientemente preservar una especie que comparte 97 por ciento de su ADN con los humanos, y que alguna vez habitó toda la región sureste de Asia pero que ahora se encuentra tan sólo en Borneo y Sumatra.

La selva de los orangutanes en ambas islas se ha reducido a causa de la tala comercial y el cultivo de palma aceitera. Sin hogar, los simios hambrientos que deambulan muy cerca de las aldeas son heridos o muertos a tiros o a machetazos, cazados para comer su carne e incluso se les prende fuego. Por cada orangután rescatado, se calcula que dos o tres pierden la  vida a causa de la deforestación de su hábitat. Las crías huérfanas, que al ser halladas siguen sujetas al cuerpo sin vida de sus madres, por lo común se venden en el mercado negro de mascotas; se envían a los países vecinos en pequeñas cajas de madera, y sólo una de cada 15 sobrevive.

Dröscher-Nielsen ideó el sistema de niñeras para brindar a los jóvenes simios traumatizados —rescatados del cautiverio o en la selva— la seguridad que necesitan para sobrevivir. “La dedicación de estas maravillosas mujeres es lo que les proporciona a los orangutanes el deseo de seguir viviendo, así como la confianza en sí mismos y las habilidades para que algún día puedan reincorporarse a su medio natural y valerse solos”, señala la conservacionista. 

“Los orangutanes bebés requieren atención”, comenta la cuidadora Mia Puspita, de 24 años. “Ellos se acercan a ti con un gesto que inspira compasión, sollozan para que los acaricies, o se sientan junto a ti y colocan un brazo sobre tus piernas”. Asegura que los jóvenes con mayor confianza en sí mismos le jalan el cabello, la muerden y juguetean, pero lo que más le gusta a ella es verlos sonreír.

Los orangutanes empiezan su rehabilitación en una “guardería”, donde reciben cuidados día y noche. Los más jóvenes no saben gatear ni caminar, y muchos de ellos pasan el tiempo abrazados al cuerpo de sus madres sustitutas, quienes los alimen-tan con leche en polvo, frutas y verduras, y los visten con pañales para mantener limpios sus espacios y evitar la propagación de infecciones.

Durante el día las mujeres llevan a los animales a su cargo a una pequeña zona de selva contigua al centro de rehabilitación, y los animan para que practiquen trepar a las ramas bajas de los árboles. En la noche los colocan en cestas de plástico llenas de cojines y los cubren con mantas. Las niñeras duermen cerca de ellos para poder reconfortarlos en caso de que se despierten, así como para protegerlos de serpientes y otros animales. “Algunas veces, cuando tienen problemas para conciliar el sueño, les canto la canción de cuna Batiruh Anak [‘Duerme, niño’] y les acaricio la cabeza”, dice Ariani, de 27 años.

Las niñeras también están capacitadas para tratar a los simios más jóvenes cuando se enferman: les dan agua de papaya para reforzar su sistema inmunitario, y limpian la guardería para mantener a raya los mosquitos, ya que, al igual que los humanos, los orangutanes son vulnerables a los resfriados y al paludismo.

Para algunos de los huérfanos, la paciencia y el tiempo son los mejores remedios. “Dos bebés, Melissa y Bolang, aún tienen tanto miedo que no quieren interactuar con nosotros”, dice Mia Puspita. “Lo único que hacen es abrazarse el uno al otro. Los veo estremecerse mientras duermen, como si tuvieran pesadillas”.

Una vez que los orangutanes están sanos y adquieren la confianza suficiente, se les transfiere al programa Escuela Forestal Uno, donde comienza su verdadero aprendizaje. Las mujeres enseñan a los huérfanos a trepar, cazar termitas, construir nidos grandes en los árboles, buscar frutos comestibles e incluso a huir de los depredadores (con ayuda de serpientes de entrenamiento hechas de hule). Este grupo de simios pasa la noche en una espaciosa zona cercada.

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