Los mosquitos sí tienen preferencia (y no es por el “sabor” de la sangre)
Cuando llega el calor y la humedad, aumentan las picaduras de mosquito y la sensación de que siempre “nos toca” a los mismos. La dermatóloga Ana Molina explica que las que pican son las hembras, que necesitan sangre humana cuando están embarazadas; al perforar la piel introducen dos finísimos tubos: uno para succionar sangre y otro para inyectar sustancias anticoagulantes que desencadenan histamina, responsable del picor y la inflamación.
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Lejos del mito de que vienen por el “sabor” de la sangre, estos insectos seleccionan a sus presas observando cuatro factores clave de nuestro cuerpo: calor de la piel, olor corporal (sustancias volátiles del sudor), humedad superficial y dióxido de carbono que exhalamos al respirar. Algunas personas emiten más calor, sudan distinto o expulsan más CO₂, y por eso se convierten en auténtimos imanes para los mosquitos.
Dentro de la mente del mosquito: un “matemático del aire”
Un estudio reciente en la revista Science Advances mostró que especies como Anopheles gambiae no vuelan al azar: siguen un patrón matemático llamado “búsqueda de Lévy” para maximizar las probabilidades de encontrarnos.
Este modelo combina trayectos cortos en una zona con saltos largos hacia nuevas áreas, lo que hace que su trayectoria sea difícil de predecir y que pasen menos tiempo en zonas “vacías” del aire.
El cerebro del mosquito integra en milisegundos señales químicas (CO₂) y térmicas (calor corporal) para ir actualizando un mapa de probabilidades: cuando detecta ráfagas de dióxido de carbono, reinicia su patrón de búsqueda y orienta esos “saltos largos” hacia donde la estadística le dice que es más probable encontrar un hospedador.
En la práctica, se comporta casi como un dron biológico que resuelve un problema de optimización energética mientras vuela.
Cómo nos encuentran incluso con aire en movimiento
El aire alrededor de nosotros está lleno de turbulencias: el CO₂ y el calor no viajan en línea recta, sino en columnas fragmentadas que cambian con el viento.
Para navegar este caos, el mosquito combina varios sentidos a la vez (lo que los científicos llaman integración sensorial multimodal): primero detecta el CO₂, después refina la búsqueda con pequeños cambios de temperatura en la piel y, finalmente, ajusta su vuelo en 3D según las corrientes de aire.
Los experimentos con túneles de viento y modelos de dinámica de fluidos muestran que estos insectos pueden percibir variaciones térmicas diminutas a varios centímetros de distancia, corrigiendo su trayectoria casi al instante.
Este procesamiento de señales rivaliza con algunos sistemas de navegación artificial, motivo por el que ya se estudia su “algoritmo de caza” para mejorar el diseño de drones autónomos.
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Qué puedes hacer para evitar sus picaduras
Saber cómo te eligen y cómo te encuentran permite afinar las estrategias de protección.
Expertos en dermatología y salud recomiendan:
- Usar ropa que cubra la mayor parte de la piel.
- Ducharse con frecuencia para reducir sudor y olores,
- Colocar mosquiteras en puertas y ventanas.
- Preferir repelentes con DEET u otros activos aprobados y mantener los espacios interiores frescos y secos con ventiladores o aire acondicionado.
Las evidencias científicas coinciden en que muchos remedios caseros (aceites sin evidencia, pulseras “milagro”, trucos virales) tienen baja eficacia e incluso pueden irritar la piel.
En cambio, conocer la “fórmula” que el mosquito usa para rastrearnos abre la puerta al desarrollo de trampas inteligentes que imiten nuestro calor y CO₂ para confundir su algoritmo, algo que ya se investiga como vía para frenar enfermedades transmitidas por estos insectos.