El estrés es una respuesta natural del organismo ante situaciones que se perciben como desafiantes o amenazantes. Puede aparecer frente a una fecha límite, un problema familiar o un cambio importante en la vida. En dosis pequeñas y por periodos cortos, incluso puede ser útil: nos mantiene alertas, enfocados y con capacidad de reacción.
Sin embargo, cuando se prolonga o se vuelve abrumador, el estrés deja de ser un aliado y comienza a afectar la salud.
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Especialistas en salud mental advierten que el estrés persistente puede volverse “tóxico”, ya que impacta no solo el estado emocional, sino también el funcionamiento del sistema nervioso, cardiovascular e inmunológico.
Estrés y ansiedad: una relación cercana
Sentir preocupación o miedo ocasional es parte de la experiencia humana. No obstante, cuando la inquietud es constante, intensa o aparece sin una causa clara, podría tratarse de un trastorno de ansiedad. Estos trastornos se encuentran entre los problemas de salud mental más comunes y afectan a millones de personas en el mundo.
La ansiedad y el estrés suelen ir de la mano: el estrés crónico puede detonar ansiedad, y la ansiedad sostenida puede aumentar la percepción de estrés. Por ello, identificar las señales tempranas resulta fundamental para evitar que el problema se agrave.
Tipos de estrés: no todos son iguales
Estrés agudo
Es el estrés de corta duración. Aparece ante situaciones inmediatas, como frenar de golpe para evitar un accidente o enfrentar una discusión inesperada. Suele desaparecer rápidamente una vez que el evento concluye. Cuando este tipo de estrés ocurre con demasiada frecuencia, se conoce como estrés agudo episódico.
Estrés crónico
Se mantiene durante semanas o meses. Puede estar relacionado con problemas financieros, conflictos de pareja, sobrecarga laboral o situaciones familiares difíciles. El mayor riesgo del estrés crónico es que muchas personas se acostumbran a vivir con él y dejan de percibirlo como un problema, aun cuando ya está afectando su salud.
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Señales físicas y emocionales del estrés
El estrés puede manifestarse de múltiples formas. Entre las más comunes se encuentran:
- Dolores de cabeza, de estómago o de pecho
- Náuseas e indigestión
- Tensión muscular
- Irritabilidad o cambios de humor
- Dificultad para concentrarse
- Sensación de cansancio constante
- Aislamiento social
Investigaciones recientes sugieren que el estrés crónico contribuye al desarrollo de hipertensión arterial y puede alterar el funcionamiento del cerebro, aumentando el riesgo de ansiedad y depresión. También se ha asociado con una inflamación crónica de bajo grado que debilita el sistema inmunológico, lo que incrementa la susceptibilidad a infecciones y enfermedades cardiovasculares, digestivas y respiratorias, además de acelerar el proceso de envejecimiento.
¿Cómo aliviar el estrés de forma efectiva?
Aunque no siempre es posible eliminar las fuentes de estrés, sí es posible aprender a manejarlo mejor. Estas estrategias cuentan con respaldo científico y pueden incorporarse a la vida cotidiana.
Técnicas de relajación
Ejercicios que activan la respuesta de relajación —como la respiración profunda, la relajación muscular progresiva o la visualización— ayudan a disminuir la frecuencia cardiaca, relajar los músculos y reducir la presión arterial. Practicarlas con regularidad puede contrarrestar los efectos del estrés crónico.
Atención plena (mindfulness)
La atención plena consiste en estar presente en el momento, sin juzgar ni reaccionar de forma automática ante lo que ocurre. Puede practicarse durante actividades cotidianas, como comer o caminar, o mediante ejercicios formales de meditación. Diversos estudios han demostrado que el mindfulness reduce los niveles de estrés y mejora la regulación emocional.
Ejercicio físico
La actividad física regular estimula la liberación de endorfinas, conocidas como las “hormonas del bienestar”, y reduce los niveles de cortisol y adrenalina, asociadas al estrés. No es necesario realizar rutinas extenuantes: caminar, nadar o andar en bicicleta de forma constante puede generar beneficios significativos.
Dormir lo suficiente
El estrés eleva el cortisol; el sueño ayuda a disminuirlo. Los adultos deberían procurar al menos siete horas de sueño por noche. Dormir bien no solo mejora el estado de ánimo, sino que también influye en el control del peso, la presión arterial y la capacidad de afrontar situaciones difíciles.
Apoyo social
Mantener vínculos cercanos con familiares y amigos brinda contención emocional en momentos de alta presión. Hablar de lo que preocupa, sentirse escuchado y acompañado puede reducir de manera importante la carga emocional del estrés.
El estrés forma parte de la vida, pero no tiene por qué dominarla. Reconocer sus señales y adoptar hábitos que favorezcan el equilibrio físico y emocional puede marcar una diferencia profunda en la calidad de vida y en la salud a largo plazo.