“¿Te acuerdas cuando la felicidad era una fiesta hasta las 3 a.m. y ahora es llegar a casa, ponerte pijama y leer en silencio? No es que te hayas vuelto aburrida: tu idea de felicidad maduró contigo.
A los 21 años, a punto de terminar la universidad, tu asesor te propone algo que suena a película: pasar unos meses trabajando en la Universidad de Bombay, en India. No tienes alojamiento asegurado, ni muy claro cuánto costará la vida allá… pero te da igual. Estás saltando de emoción, convencida de que será la aventura de tu vida.
Tus padres, en cambio, se llevan las manos a la cabeza: ¿dónde vas a vivir, de qué vas a comer, cómo vas a pagar todo? Tú solo sientes esa mezcla de vértigo y euforia que, en ese momento, es sinónimo de felicidad. Te subes al avión con más entusiasmo que certezas. Y te parece perfecto.
Veinte años después, estás haciendo la maleta para un viaje de cuatro días a Toronto con tu pareja y tus hijos. Llevas lista escrita, cuentas cuántas mudas de ropa necesita cada uno, metes aspirinas, champú que no irrita los ojos, banditas, secadora de pelo y hasta un cargador extra del celular. Tu pareja se ríe: “¿No sabes que en Canadá también hay farmacias?”. Tú sonríes, pero sigues doblando ropa. Saber que no faltará nada te da paz. Y esa paz, ahora, también se siente como felicidad.
La escena del avión a India y la de la maleta para Toronto parecen opuestas, pero hablan de lo mismo: tu concepto de felicidad se transformó con el tiempo.
Qué dice la psicología: tu felicidad no es la misma a los 20 que a los 40
La psicología lleva años observando que la manera en que definimos “ser feliz” no se mantiene igual a lo largo de la vida. De forma muy simplificada, los estudios muestran que:
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En la adolescencia y los veintitantos, la palabra “feliz” suele ir pegada a términos como emocionado, eufórico, entusiasmado.
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A partir de los 40, muchas personas usan “feliz” junto a palabras como relajado, tranquilo, aliviado, en paz.
No es que una felicidad sea mejor que la otra. Son dos formas de satisfacción que responden a dos momentos vitales diferentes:
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La de los 20: más orientada a la intensidad, a lo nuevo, a lo que viene.
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La de la madurez: más ligada al cuidado, a conservar lo que valoras, a reducir sobresaltos.
Tu vida cambia: empiezas a trabajar, quizá tienes hijos, cuidas a otras personas, asumes responsabilidades económicas. Y con ello cambia también la forma en que tu cerebro calcula qué es “un buen día”.
Motivación de avance: la felicidad versión 20 años
En psicología, a este primer estilo se le llama motivación de avance. Es ese impulso de ir hacia adelante, crecer, superarte, probar cosas nuevas. Te hace sentir viva cuando:
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Dices que sí a planes de último minuto.
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Te vas de intercambio sin tener todo atado.
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Te apuntas a actividades que dan un poco de miedo, pero mucha adrenalina.
La motivación de avance se asocia con mirar mucho al futuro: qué podrías llegar a ser, qué lugares podrías conocer, qué vida podrías construir. El riesgo, en esta fase, se percibe más como oportunidad que como amenaza.
Según varios trabajos, este tipo de motivación suele dominar hasta mediados de los 20: nos interesa más lo que todavía no tenemos que lo que ya hemos logrado. La frase “prefiero arrepentirme de lo que hice que de lo que no hice” describe bien este momento.
Motivación de prevención: la felicidad versión 40 (y más)
Con el tiempo, para muchas personas la brújula se desplaza hacia la motivación de prevención. No es miedo, sino foco en cuidar lo que ya tiene valor en tu vida: tu salud, tus vínculos, tu estabilidad.
La motivación de prevención se nota cuando:
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Disfrutas más una tarde tranquila en casa que una noche interminable de fiesta.
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Planear un viaje sin sobresaltos te da casi tanto placer como el viaje en sí.
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Piensas más en no fallar a los tuyos que en perseguir la próxima gran aventura.
Aquí la pregunta no es “¿qué más puedo conquistar?”, sino “¿cómo protejo esto que tanto me importa?”. El futuro deja de ser un lienzo en blanco para convertirse en continuidad de la vida que ya tienes. Y la felicidad se parece menos a un concierto abarrotado y más a un baño caliente sin interrupciones.
No significa que te vuelvas aburrida o cobarde. Significa que el centro de gravedad de tu alegría se ha desplazado: poco ruido, más sostén.
¿Y si te sientes “desbalanceada”? Buscar tu mezcla ideal
Imagina dos extremos:
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Vida A: llena de planes, cambios y adrenalina, pero con poco descanso y casi nada de calma.
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Vida B: muy serena y estable, pero sin casi novedades ni retos.
Ambas pueden volverse insatisfactorias si se vuelven únicas. La buena noticia es que no estás condenada a quedarte en un solo modo.
Si sientes que tu vida es puro avance (siempre corriendo, siempre persiguiendo algo):
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Reserva espacios deliberados para la prevención: chequeos médicos, ahorros, tiempo de calidad con los tuyos, momentos sin pantalla ni metas.
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Aprende a decir que no a algunos planes para decir que sí a descansar.
Si, al contrario, sientes que estás demasiado en modo prevención (todo controlado, pero cero emoción):
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Introduce pequeñas dosis de novedad: una clase nueva, un viaje corto, un hobby que te saque de la rutina sin poner en riesgo tu estabilidad.
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Recupera alguna versión “light” de esa persona que se subía a un avión con menos miedo y más curiosidad.
No hay una proporción perfecta que sirva para todas las personas. Lo importante es notar qué tipo de felicidad sientes que falta en tu vida ahora mismo y ajustar en consecuencia.
No estás perdiendo felicidad, estás cambiando de versión
Si te descubres disfrutando cosas que a tus 20 te habrían parecido “aburridas” —un libro en silencio, una cena casera, un viaje bien planeado— no significa que te hayas apagado. Significa que tu felicidad maduró contigo.
La joven que gritaba de emoción por ir a la India y la adulta que suspira de gusto en un baño caliente comparten algo esencial: las dos están, cada una a su manera, en la cima de su mundo. Solo que ese mundo ya no es el mismo.
La pregunta final no es si tu felicidad cambió (lo hizo, y es normal), sino:
¿La versión de felicidad que tienes hoy se parece a la vida que quieres vivir ahora? Si la respuesta es sí, no necesitas sentir culpa por haber cambiado de ritmo. Si la respuesta es no, quizá sea momento de ajustar el equilibrio entre emoción y calma para que tu historia actual también se sienta como una buena aventura… aunque tengas la maleta perfectamente hecha.
Cuando tenía 21 años, cerca ya de mi último semestre de universidad, mi asesor de investigación me propuso que pasara esos meses trabajando en la Universidad de Bombay, en la India.
Sin palabras para expresar mi alegría, me puse a gritar y a saltar. Me emocionaba la idea de vivir en el extranjero. ¡Podría ser la aventura de mi vida!
Les di a mis padres la maravillosa noticia, pero, por desgracia, a ellos no les pareció tan maravillosa. Pensaban que era una locura.
—¿Dónde te vas a quedar cuando estés allí? —preguntó mi madre.
—Mmh… pues no lo sé en realidad —repuse, algo avergonzada de no tener una buena respuesta.
—¿Y cuánto va a costar? ¿De qué vas a vivir?
Eso tampoco lo sabía. Sólo sabía que la idea de pasar unos meses en la India era increíble. En ese tiempo tenía sed de aventuras, emociones fuertes y experiencias nuevas. No iba a permitir que nimiedades como la comida y el alojamiento se interpusieran en mi camino. Cuando subí a bordo del avión, me sentía en la cima del mundo.
Veinte años después, estoy haciendo la maleta para un viaje de cuatro días a Toronto con mi esposo y mis dos hijos. Hice una lista detallada para no olvidar nada importante, como aspirinas, champú que no irrita los ojos y banditas.
—¿No sabes que en Canadá también hay farmacias? —me dice, burlón, mi marido.
Sonrío, pero no le hago caso. Preparar un viaje sin contratiempos me hace feliz, no como para brincar de gusto, pero sí de otra forma. Llevo ocho mudas de ropa por persona, una secadora de pelo y un cargador extra para mi celular.
Pienso en lo bien que me sentiré cuando lleguemos al hotel, donde, contenta de haber previsto todas las posibles necesidades de la familia a la que adoro, podré relajarme a mis anchas en un baño caliente. Entonces estaré en la cima del mundo.
El cambio de actitud
La joven audaz de 21 años que fui no lo creería si le dijeran que, dos décadas después, le haría ilusión un baño al final del día. Esa joven por nada del mundo se quedaba en casa un sábado por la noche, aunque tuviera gripe, a menos que el delirio de la fiebre le impidiera ponerse sus pantalones de fiesta.
Algo me pasó en el camino de los 21 a los 40 años; mi concepto de felicidad se transformó: de la experiencia intensa y eufórica de una noche de juerga con amigos, a la más apacible y relajante de una madre sobrecargada de trabajo que sueña con descansar los pies en alto y disfrutar de un buen libro.
Como he aprendido en casi 20 años de investigación en psicología, los últimos en el Centro de Ciencias de la Motivación de la Universidad Columbia (del que soy directora adjunta), esta metamorfosis de la felicidad es bastante común.
Mis colegas de otras universidades han concluido lo mismo. Hace poco investigadores de la Universidad Stanford y la Universidad de Pensilvania analizaron 12 millones de blogs y observaron que en los de autores adolescentes y de veintitantos años la palabra feliz suele acompañarse por emocionado, eufórico o entusiasmado (un ejemplo: “¡Estoy muy feliz y emocionada de ir a la India!”).
En cambio, los blogueros mayores de 40 años usaban feliz junto con apacible, relajado, tranquilo o aliviado (“Me sentiré muy relajada y feliz en mi baño caliente”).
Parece, pues, que la felicidad adquiere otro sentido conforme maduramos.
Y un tipo de felicidad no es mejor ni más satisfactorio que el otro, aunque la nostalgia de los años de juventud a menudo nos lo haga creer así. Son sólo dos formas de satisfacción, derivadas de dos modos de ver la vida.
De audaces a cautos
Mis colegas y yo estudiamos esta diferencia y acuñamos nombres para designar los rasgos psicológicos de cada extremo del espectro. La motivación de avance se refiere a nuestro impulso de superarnos, de ser mejores, así como a la alegría que sentimos al hacer cosas a través de las cuales creemos lograr ese objetivo.
La motivación de prevención designa nuestro interés en conservar lo que valoramos (incluidas las relaciones sociales y la salud) y la dicha de llevar una vida en paz y sin contratiempos.
Los adolescentes y los jóvenes de veintitantos años tienen mayor motivación de avance. Tienden a ser más espontáneos y a aceptar la vida como se les presenta. Estudios de la psicóloga Alexandra Freund, de la Universidad de Zúrich, indican que la motivación de avance predomina hasta los 26 años de edad.
Los jóvenes se interesan más en el futuro y las posibilidades que ofrece, y menos en las responsabilidades y en cómo evitar errores. Al madurar o asumir más obligaciones (casarnos, tener hijos, trabajar), el futuro deja de ser nuestro principal interés: tenemos mucho que proteger aquí y ahora (en mi caso, el cambio de motivación se produjo casi de la noche a la mañana, al nacer mi primer hijo).
Lo nuevo ya no nos atrae tanto porque lo que tenemos nos satisface más.
La prioridad (y la mayor fuente de placer) de las personas centradas en prevenir es proteger la seguridad y la salud de los suyos.
Mientras que antes el sábado ideal consistía en pasar toda la noche fuera y conocer gente nueva, la máxima dicha en la madurez puede ser, por ejemplo, tomar una clase de yoga y preparar una cena saludable en casa.
Consideremos el caso de Angelina Jolie. De joven era famosa por su audacia, afán de emociones y conducta provocadora. Ahora tiene seis hijos y, para vivir el mayor tiempo posible y cuidarlos, se sometió a una doble mastectomía preventiva.
También se le reconoce su labor como enviada especial del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Proyecta la confianza serena de una mujer que ha madurado y cuya motivación actual es prevenir; aprecia lo que tiene en la vida y no anda en busca de más aventuras.
Desde luego, hay quienes tienden naturalmente hacia uno u otro estilo desde niños, y quizá no experimenten un cambio tan drástico. Ambas motivaciones son los extremos de un abanico, y se puede estar en un extremo, en el otro o en cualquier punto intermedio.
Este punto varía según la experiencia de la vida; tiene una estrecha relación con la edad, pero hay excepciones: algunos jóvenes son cautos y reacios a correr riesgos, mientras que ciertos adultos mayores son intrépidos y aficionados a la aventura.
Buscar el equilibrio
¿Qué pasaría si tuvieras una vida llena de emociones, pero nunca estuvieras relajado ni contento? ¿O si gozaras de una gran serenidad, pero te faltaran emociones? Es posible sentir que se tiene demasiado de un tipo de felicidad y muy poco del otro.
La espontaneidad y la novedad son antídotos para una vida demasiado orientada a la prevención, mientras que realizar alguna actividad saludable y relajante contrarresta una existencia agitada y centrada en el avance.
El único que puede juzgar si te falta algo eres tú. Muchas personas o tienen una marcada motivación de avance o una de prevención, y son felices así.
Si eres como yo y ves que tu vida se ha vuelto una búsqueda de paz y sosiego más que de trajín y emoción, ten la seguridad de que eres perfectamente normal. No te estás perdiendo felicidad alguna; lo que ocurre es que tu felicidad evolucionó, igual que tú. Y aunque la nueva versión parezca más moderada (de hecho, lo es), no significa que sea menos maravillosa ni menos satisfactoria.
Así que, si me buscan, voy a estar una hora en la bañera. Hagan el favor de no molestar.
¿Tú felicidad ha cambiado o evolucionado con el paso de los años?