A Ebba Åkerman le preocupaba que sus alumnos inmigrantes se sintieran aislados, así que decidió hacer algo por ellos.

Una brisa fría del Mar Báltico envuelve mi cuerpo mientras recorro las vías peatonales que conectan la Ciudad Vieja de Estocolmo con el moderno distrito de Södermalm. Es el anochecer de un sábado de marzo y me dirijo a una cena. Pero no se trata de una cena común y corriente con amigos. La emprendedora social Ebba Åkerman es la anfitriona, y no conozco a ninguno de los invitados.

El aire frío deja de calarme en el instante en que Ebba abre la puerta. Es la primera vez que nos vemos en persona, pero esta mujer de 31 años me saluda como si fuéramos viejas amigas, con cumplidos amables y un cálido apretón de manos.

Soy la primera en llegar de sus cinco invitados. Me pide que deje mis zapatos debajo de la mesilla del recibidor, y luego me conduce hasta la cocina, donde está lavando un montón de tazas y platos de juegos diferentes. Unas macetas con hierbas parecen empujarse buscando espacio sobre las superficies atiborradas.

Estoy aquí para conocer más sobre una idea de Ebba: reunir a inmigrantes y suecos en torno a una mesa para que cenen y convivan. A lo largo de los últimos 18 meses, ha ayudado a organizar unas 400 cenas en Estocolmo. Ebba llama “Departamento de Invitaciones” a su iniciativa. “Le puse ese nombre un poco jocoso en alusión a la importancia de las instituciones democráticas de Suecia”, dice. A los medios informativos les llamó la atención la idea, y pronto generaron cierta fama para Ebba, quien se autonombró “Ministra de Cenas”.

Todo empezó en 2013, cuando Ebba comenzó a enseñar sueco a inmigrantes, un servicio que ofrecía en forma gratuita como parte de un programa gubernamental de integración para refugiados de dos años de duración. A más de 250,000 personas, muchas de ellas provenientes de regiones del Oriente Medio y de África asoladas por la guerra, se les han otorgado permisos de residencia en Suecia en los últimos cinco años. En Estocolmo, muchos migrantes viven en grandes conjuntos de edificios de apartamentos situados en la periferia.

Al charlar con sus alumnos Ebba descubrió que muy pocos habían visitado alguna vez el hogar de una familia sueca. “Uno de ellos me dijo que vivir en el suburbio de Norsborg no era muy distinto de estar en Afganistán”, cuenta. Le preocupaba que en su país hubiera más segregación de lo que pensaba, pero no sabía cómo podría ayudar. “Luego, un día”, añade, “estaba yo en un tren escuchando una grabación sobre la hipótesis de los seis grados de separación [la cual sostiene que es posible conectar a una persona con cualquier otra en el mundo a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco eslabones], y me pregunté si podría ser yo quien conectara a los inmigrantes con los residentes suecos.

”Primero les pregunté a mis alumnos si les gustaría compartir una cena con un sueco. Se desconcertaron un poco, pero cuando les dije que sería una buena oportunidad para que convivieran con la gente del país y practicaran el sueco, cerca de la mitad de ellos se mostraron interesados”.

Les preguntó si preferían ser anfitriones o invitados, y anotó sus números de teléfono celular, días disponibles para cenar y necesidades alimentarias. Después reclutó a varios de sus amigos suecos y empezó a combinarlos con los inmigrantes según sus días disponibles, distancia entre los hogares y edades de sus hijos, si es que los tenían.

La primera cena se celebró a principios de 2014, y fue en la casa de una familia de Camerún. A ella asistieron Jenny y Olof, amigos suecos de Ebba. “Estaba yo muy nerviosa”, dice ésta. “Me preocupaba que no encontraran la casa de esa familia, o que no lograran entenderse”. Pero la cena fue muy grata, y Ebba recuerda que se sintió feliz cuando Jenny publicó en Instagram algunas fotos de la velada. “Pensé: ‘Qué bien, esto funciona’”.

Luego de una publicación en un blog que se hizo viral rápidamente y gracias a la cobertura de los medios informativos, la iniciativa cobró fuerza, y Ebba de repente se vio inundada de mensajes de personas que querían sumarse a ella.

Kami Montgarde, un estudiante de 26 años, cabello negro rizado y grandes anteojos negros, llega a la cita; Ebba le da la bienvenida y lo presenta. Nacido en Irán, Kami llegó al país cuando era niño y hoy es sueco naturalizado. Fue uno de los primeros en ofrecerse para hacer de anfitrión de una cena para inmigrantes.

Sentado junto a mí a la mesa de la cocina, Kami me dice que esta iniciativa le toca el corazón por la experiencia de su propia familia como inmigrantes, y por Ebba, a la que considera su “abuela sueca”. La primera persona sueca que invitó a su familia después de que huyeron de Irán, en 1991, fue una mujer llamada Karin. Un día ésta posó una mano sobre el hombro de la madre de Kami durante una clase y le dijo: “Mi esposo trabajaba en Teherán. Yo hablo tu idioma. ¿Por qué no vienes con tu familia a comer un día en mi casa?”

“Karin nos introdujo a la cultura sueca”, continúa, “nos invitó a pasar juntos la Navidad y la celebración tradicional sueca de mitad del verano. A instancias de ella conocimos la música local antigua y la vestimenta nacional. Gracias a todo esto nunca me sentí un extraño en este lugar”. Lo que no significa, sin embargo, que se haya sentido totalmente relajado al ser el anfitrión de una cena con una familia de inmigrantes afganos. “Me preocupaba que no les gustara lo que había cocinado”, dice.

Tras escuchar con atención la historia de Kami, Ebba levanta la mirada de la superficie sobre la cual está preparando unos bocadillos para antes de cenar y dice:

—La comida no debería ser una barrera, pero a veces lo es.

Una familia sueca preparó carne de reno para sus invitados —cuenta—, lo que suscitó una discusión acerca de si lo había hecho siguiendo los ritos de la ley islámica (al parecer, así fue). Y una pareja de Macedonia le pidió a su abuela vía Skype que le recomendara un tutorial de cocina para no decepcionar a sus invitados suecos.

—¿Por qué no servir macarrones? —dice mientras nos reparte unas pequeñas tazas de consomé y unos canapés de betabel [remolacha] con queso de cabra—. Se trata sólo de sentarse a una mesa y disfrutar de poder conocer a otras personas que, casi con total certeza y de no ser por esa cena, no hubiéramos conocido jamás.

Acaba de llegar otra amiga sueca de Ebba, Ellen Leijonhufvud, una planificadora de medios digitales de 31 años, y dos invitados más de Afganistán llamaron por teléfono para avisar que se perdieron un poco en el camino pero ya están por llegar. La cocina empieza a llenarse de gente, así que Ebba nos invita a pasar a la sala y pide que le ayudemos a poner la mesa. Movemos una mesa al centro de la habitación y levantamos las tablas de los extremos para agrandarla.

Ebba pone música de Billie Holiday en un viejo tocadiscos y vuelve a la cocina. La sigo para ver si necesita ayuda, pero ya ha preparado todo: platos de verduras mixtas, arroz, fideos y algo delicioso hecho con nueces de la India y hongos.

Nematullah Rohid y Murtaza Bigzada son los últimos invitados en llegar. Estos amigos, ambos solteros de menos de 25 años, se conocieron en Estocolmo tras escapar de Afganistán. Rohid es alumno de Ebba, y sus ojos castaños se iluminan cuando se funden en un cordial abrazo. Ella le hace bromas por haberse extraviado, y él, muerto de risa, cuenta que miraron a través de decenas de ventanas para ver si así encontraban el apartamento de Ebba. Bigzada se limita a chasquear la lengua y menear la cabeza, en un gesto que trasluce diversión y un poco de vergüenza.

Ebba nos invita a pasar al comedor. Me siento al lado de Bigzada y frente a Rohid, como prefiere que lo llamen, quien nos cuenta que pasó los últimos años de su adolescencia trabajando como intérprete para el Ejército estadounidense. “Por eso tuve que irme de Afganistán”, explica. “Los talibanes buscaban personas como yo. Temía por mi vida, y decidí venir a Europa como fuera, en autobús, a pie o incluso nadando”.

Viajó a Suecia después de conocer las amistosas políticas inmigratorias del país, y su primera impresión fue muy positiva. “Cuando llegué a Estocolmo, en 2013, le pedí a una mujer que me indicara cómo llegar a cierto sitio”, refiere. “Ella sonrió y ofreció invitarme una hamburguesa. Era la primera vez que una persona me sonreía de esa manera en Europa”.

Pasó sus primeros siete meses en Suecia en un campo de refugiados, sin dinero ni documentos. Ahora dice: “En verdad quiero integrarme más a la sociedad sueca”.

Mientras Rohid habla, Ebba trae la comida a la mesa y, de vez en cuando, interrumpe para explicar cómo está hecho cada plato y para pedir que cada cual se sirva lo que desee. Momentos después, se sienta por primera vez y anima a Bigzada para que cuente su historia también.

El joven relata que abandonó su hogar en busca de una vida mejor en Suecia. Actualmente estudia contabilidad, y espera emprender algún día un negocio que sirva de puente entre Suecia y Afganistán. 

El contagioso sentido del humor de Rohid y su animada charla alegran el ambiente alrededor de la mesa. Ebba sirve vino a quienes lo desean, y té a los demás. Hacemos un brindis a la salud de todos al grito de skål!, como exclaman los suecos, y nos ponemos a conversar sobre los estilos de las citas amorosas en nuestros respectivos países, acerca de la vida nocturna en Estocolmo y si los inmigrantes deberían adoptar o no los códigos de vestimenta locales.

Ebba se escabulle en la cocina y regresa al comedor con un postre.

—Merengue sueco —anuncia, sosteniendo en alto un manjar de merengue, helado de vainilla, crema batida, plátano y chocolate fundido—. Es una receta típica de este país.

Todos quieren probarlo, y la conversación pasa a centrarse en nuestros platos nacionales preferidos. Y luego, inevitablemente, a lo que los jóvenes afganos extrañan de sus hogares. Rohid nos cuenta algunos episodios desgarradores de la Guerra de Afganistán, y dice que está colaborando en un proyecto de narración antirracismo del centro juvenil Fryshuset de Estocolmo, donde relata sus experiencias a otros jóvenes.

Son las 10:15 de la noche y la voz de Billie Holiday se va apagando lentamente en el tocadiscos; la energía de Ebba también parece estar menguando, y los invitados, en un acuerdo tácito, coincidimos en que es hora de partir. Ebba nos da un abrazo a cada uno, y rechaza mi propuesta de ayudarla a lavar los platos.

—Eso puede esperar —me dice.

Algo de su calidez queda en mí mientras me abrocho el abrigo para protegerme del frío de la noche.

Una vez que emprendo el camino de regreso por las calles de Södermalm, reflexiono sobre la difícil situación de los inmigrantes y el conmovedor comentario de Rohid: “Compartir una cena con gente de Suecia me ayuda a sentirme normal”. Cena tras cena, el Departamento de Invitaciones de Ebba Åkerman está ayudando a muchas otras personas a sentirse contentas en su país adoptivo.

En la actualidad, la iniciativa de Ebba se está expandiendo de Estocolmo a otras ciudades suecas, y también a Alemania, Suiza y Austria. Ella acuñó el término Invitaciones Unidas para uso de quienes deseen sumarse a la causa organizando cenas en sus comunidades.