Ver a Ilia Malinin, apodado el “Dios del Cuádruple”, ejecutar un cuádruple axel en el hielo de Milán-Cortina 2026 parece un truco de magia. Sin embargo, la ciencia tiene una explicación: no es solo talento, es una gestión perfecta de la velocidad y la altura vertical.
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¿Qué hace al Axel el salto más difícil?
A diferencia de otros saltos (como el Lutz o el Salchow), el Axel es el único que se despega hacia adelante. Esto añade un nivel de dificultad único: para completar un “cuádruple”, el patinador debe dar cuatro vueltas y media antes de tocar el hielo de espaldas.
El secreto de los 50 centímetros
Un estudio reciente publicado en Sports Biomechanics por el investigador Seiji Hirosawa rompió con las teorías anteriores. Mientras que antes se pensaba que la velocidad de rotación era lo único importante, el estudio del 2024 reveló que la clave es la altura:
- Tiempo de vuelo: Para lograr 4.5 rotaciones, el patinador necesita elevarse al menos 50 centímetros del hielo.
- Eje longitudinal: Esa altura extra proporciona las décimas de segundo necesarias para que el cuerpo gire alrededor de su eje de forma compacta. Saltar más alto es, literalmente, la única forma de tener tiempo para girar más.
Velocidad y precisión técnica
El jurado olímpico no solo busca las vueltas; califica la entrada y la salida. El uso de sistemas como el Ice Scope permite ver que patinadores como Malinin mantienen una velocidad horizontal prodigiosa antes del despegue, transformando ese impulso en energía vertical pura.
| Parámetro | Requisito para el 4A |
| Altura Vertical | ~50 cm mínimo |
| Rotaciones | 4.5 vueltas completas |
| Despegue | Hacia adelante (filo exterior) |
Cuando la ciencia se vuelve arte
Entender la biomecánica del cuádruple axel no le quita la magia; al contrario, resalta la capacidad sobrehumana de atletas como Malinin para calcular, en fracciones de segundo, la fuerza exacta necesaria para vencer la fricción y la gravedad. En Milán 2026, no solo vemos patinaje, vemos a la física en su estado más estético.
Con información The Wired