Si alguna vez viste la película “Como si fuera la primera vez” (50 First Dates), donde Adam Sandler intenta enamorar a una Drew Barrymore que olvida todo al despertar, o si te conmovió el K-Drama “Aunque nuestro amor se desvanezca esta noche”, sabrás que la pérdida de memoria es uno de los recursos más poderosos del cine. Sin embargo, para Clive Wearing, esto no es una ficción de Netflix; es su realidad desde 1985.
Clive vive en un presente perpetuo de solo siete segundos. Antes de que la amnesia borrara su vida, era un prestigioso músico de la BBC. Un virus (herpes simple) atacó su hipocampo, dejando su mente como una cinta que se borra a sí misma constantemente.
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El ataque del “asesino invisible”
En marzo de 1985, Clive era la personificación del éxito: un musicólogo de élite y director en la BBC. Todo cambió por un simple dolor de cabeza. Un virus común, el herpes simple, cruzó la barrera hematoencefálica y atacó su cerebro con una precisión quirúrgica devastadora. El virus “devoró” su hipocampo, la parte del cerebro encargada de crear nuevos recuerdos y archivar los antiguos.
Desde ese día, la memoria de Clive tiene una caducidad de entre 7 y 30 segundos. Imagina ver una película y olvidar el inicio de la frase antes de que el actor llegue al punto final. Así es su vida.
El diario de los mil despertares
Uno de los testimonios más desgarradores de su condición es su diario. Clive escribe compulsivamente para intentar “anclarse” a la realidad. Las páginas están llenas de la misma entrada, repetida cientos de veces:
- 8:31 AM: Ahora estoy despierto por primera vez.
- 8:35 AM: Este es el verdadero despertar.
- 8:40 AM: He estado muerto hasta este segundo.
Clive tacha las entradas anteriores con furia porque no recuerda haberlas escrito. Para él, cada vez que parpadea, es el primer momento de conciencia de toda su vida. Vive en un abismo de soledad absoluta donde el pasado es un vacío negro y el futuro no existe.
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La paradoja del piano: El alma no olvida
Aquí es donde la ciencia se rinde ante el misterio. El neuropsicólogo Oliver Sacks quedó maravillado al notar que, aunque Clive no sabía qué era un piano ni recordaba haber tomado una sola clase, al sentarse frente al teclado, su genio renacía.
Esto se debe a la memoria procedimental (la de las habilidades). Sus dedos “recuerdan” lo que su mente olvidó. Cuando Clive dirige un coro o toca una pieza de Bach, por unos minutos, vuelve a ser el hombre que era en 1985. La música es el único lugar del universo donde Clive Wearing no está perdido.
Un amor que se reinventa cada minuto
La verdadera protagonista de esta historia es Deborah Wearing, su esposa. Su vida es un acto de amor heroico que supera cualquier serie coreana. Clive puede ver a Deborah salir de la habitación por 20 segundos y, al regresar, él la recibirá con un abrazo desesperado, llorando de alegría como si no la hubiera visto en décadas.
“Nunca he amado a nadie tanto como a ti”, le dice cada vez que la ve. Clive ha olvidado su boda, su historia y hasta el nombre de sus hijos, pero no ha olvidado que la ama. Es un amor instintivo, una conexión que el virus no pudo destruir porque reside en las capas más profundas de su sistema emocional.
La fragilidad del “Yo”
El caso de Clive Wearing nos obliga a preguntarnos: ¿Quiénes somos si perdemos nuestros recuerdos? Clive es la prueba de que, aunque la identidad autobiográfica se desvanezca, la esencia —el talento, el temperamento y la capacidad de amar— permanece.
Su vida es un recordatorio de que cada segundo cuenta, porque para él, el segundo es todo lo que tiene. Al final, como en las cartas que le escribe a Deborah una y otra vez, el mensaje es el mismo: el amor es lo único que sobrevive cuando todo lo demás se borra.